tecuanes punto com. Blog de Evalenzo

Wednesday, July 23, 2014

El malo, el feo y el bueno: murió el Señor Riveros.

Nos gritó: “¡No estén estorbando, aquí!”, y avanzó por el pasillo en medio de nosotros clavándonos la mirada ahumada por los lentes y el puro. Faltaban todavía algunos meses para tomar su clase pero ya podía empezar a gritarnos.
“¿Quién es este?”, pensé. “Es el Señor Riveros”, dijo un compañero como si hubiera escuchado, y se hizo un silencio. El Señor Riveros. “¡Cuando les toque el Señor Riveros van a saber si de verdad quieren hacer cine!” Nos habían advertido Los Fluffers en la cafetería con la cara demacrada como evidencia de sus palabras. Luego: una sonrisa sardónica, o en su defecto una de ternura. No podíamos saber más, los alumnos del señor no tenían tiempo para novatos pusilánimes, miraban con ansiedad el reloj y en cuanto tenían el baguete en las manos corrían al foro. Con sólo ver el ceño fruncido sobre la barba tupida, el Señor Riveros se anticipaba como una prueba de resistencia, una temporada de preparación draconiana, el filtro que separaba los aptos de los inútiles.
“¡Es uno de los mejores maestros que hemos tenido!” Nos dijo alguno de Los Donfrús. Pero tampoco explicaba mucho. No se podía explicar la clase del Señor Riveros, había que vivirla. “Es estricto, pero es buena onda”, puntualizó, quizás intentando aliviar un poco nuestra aprensión. El Señor Riveros entonces es sólo un mito, la broma pesada con que se asusta a los nuevos. En realidad no había por qué temerle.
El Señor Riveros era un personaje, hablaba un español extraño (en lugar de decir “sí” decía “yah”) haciendo pausas reflexivas o dramáticas, con un acento insondable (hacía las “eses” con una exhalación gutural como los costeños, pero entonando de forma marcial). Era chileno, había vivido en Alemania y exigía una disciplina prusiana. Sus clases eran de fotografía, dos a la semana, un día teórica y otro día práctica en el foro o en locación. Nadie tenía nombre, sólo apellido y el reconocimiento de ser señor o señora. Éramos el señor Ávila, el señor Hernández, el señor Muñoz, o la señora Rodríguez. Él mismo no se llamaba Jorge, incluso para la academia era el Señor Riveros.
En el aula había quince minutos de tolerancia, uno podía llegar a las 9:15, a las 9:16 se cerraba la puerta. “¡No llegan un minuto tarde, llegan dieciséis minutos tarde!” gritaba al explicar la regla como si ya estuviera regañando a alguien. Era su regla académica. En la clase práctica no había tolerancia. Un minuto tarde y estabas fuera. Condenado al regaño y al castigo. El castigo era producir el siguiente ejercicio, o de plano sólo hacer catering y no aprender nada. Era su regla en el trabajo.
Nos había encargado propuestas de locaciones para un ejercicio en una herrería. Habíamos visto herrerías, pero a nadie se le ocurrió grabarlas con una cámara, quizás pensamos que alguien más lo haría. “¡Son unohj patanes, uhjtedes!”, nos gritó luego en el aula. Suspendió la clase y nos mando a grabar las propuestas. Salimos atropelladamente a conseguir las cámaras. Era un personaje, era el malo.
Daba la clase teórica, hosco, como un sargento a su tropa. Algunas veces, al terminar de ver el fragmento de alguna película, nos explicaba las cosas que no le gustaban de la iluminación, con una pasión tan enajenada que terminaba gritándonos como si nosotros hubiésemos puesto mal las luces en la escena.
Un día, fuera de la escuela, en medio del estrés de la preproducción empezamos a imitarlo, no era difícil: la inflexión brusca en su voz, sus ademanes, sus frases, sus gestos, su puro. Pronto conocimos imitadores de otras generaciones. Imitarlo era una forma de sacudirse el miedo, de transformar al ogro en una caricatura inofensiva, de verlo a los ojos. “¿Ya llegó Selina? –¿Quién ejh ejha? ¡Ah, la jheñora Rodriguejh dijhe ujhté!” Y todos reíamos.
Con cada ejercicio nos íbamos a turnar los puestos, todos seríamos productores, fotógrafos, sonidistas, continuistas, staffs y directores. “¡Esta no ehj una clajhe de putos directorehj!”, gritaba el Señor Riveros cuando se dejaba llevar por historias anecdóticas ajenas al grupo. Todos tomábamos nota. Cuando nos tocara dirigir, haríamos una labor discreta.
Las primeras clases en el aula fueron las más duras, antes de que empezáramos con los ejercicios en locación. Hubo regaños individuales y más regaños al grupo. El señor nos comparaba desfavorablemente con otras generaciones: “¡Ejhos hjí eran unos animales trabajando!”, decía como un halago a la generación de referencia.
Varios teníamos los nervios destrozados, pues no era la única clase que debíamos acreditar. Pero si era necesario estábamos dispuestos a reprobar cualquier otra, antes que vérnoslas con el Señor en un extraordinario.
Empezábamos el llamado agobiados por la presión de hacerlo bien, pero conforme pasaban las horas y sin darnos cuenta, el crew se transformaba en una maquinaria de relojería, y de pronto nos invadía una felicidad inédita. Estábamos iluminando un set, cada uno había cumplido su misión y ahí estaba la magia.
El señor no regañaba en los ejercicios, al menos yo no lo recuerdo gritando (por otra parte, llegamos a los ejercicios tan mentalizados que las fallas eran mínimas). Se comportaba de una manera distinta, relajada, concentrado en la incidencia de la luz. Parecía que lo que más le gustaba en el mundo era el set, eran las luces. “Esos son fierros”, decía cuando alguien mencionaba el potencial de una nueva cámara. “Lo importante es esto, iluminar”. No alumbren, iluminen.
Con cada ejercicio dejábamos de ser una generación de patanes, para transformarnos en una generación de animales.
Los ejercicios en el foro eran temprano, a las siete de la mañana o antes. Todo tenía que estar listo con anticipación. Cuando me tocaba producirlos, ponía tres despertadores, me angustiaba llegar tarde y más de una vez, nomás por ese temor  me quedé a dormir en el viejo sillón junto a los casilleros de la escuela. Nadie me corrió, los policías también conocían al Señor Riveros. Una de esas veces me desperté a las cinco y media de la mañana. Salí al patio a fumar y vi al señor Riveros observando los avisos pegados en la mampara, con su pipa en la boca. No quería acercarme, no sabría que decirle, pero él volteó y me miró. Dijo con una sonrisa sorpresiva: “¡Ah!”. Y no me quedó otra que acercarme. Con gentileza empezó a hablar conmigo, no me acuerdo de qué, quizás algo de la ciudad. Estuvimos un rato platicando y fumando hasta que apareció alguien, no sé si el policía o algún compañero. El Señor se quedó callado. Yo saqué las llaves de mi bolsa y dije voy a abrir el foro. El Señor solo movió la cabeza y se quedó ahí de pie con su morral de cuero y su barba desaliñada. Era un personaje, era el feo.
Una mañana mientras practicábamos la operación de cámara en el patio escuchamos un estruendo que venía de la avenida, un accidente de tráfico. Estábamos a unos pasos y salimos a ver. Una camioneta había tomado muy rápido la curva y se había volteado. Sus ocupantes estaban tirados en el asfalto, entre ellos una niña no mayor de cinco años. Llamamos una ambulancia, les pedimos que no se movieran, la niña no se movía. Estuvimos ahí hasta que llegaron los paramédicos, la niña por fin despertó, lloró. Subieron a todos en las ambulancias, y nosotros regresamos al patio, dispuestos a seguir la práctica. “Con esto, ya no podemos seguir”, dijo el Señor Riveros. Guardó la cámara y nos quedamos hablando un poco del accidente, conmovidos. El semblante del Señor Riveros estaba desencajado, triste. Lo habíamos visto siempre como un tipo duro, inflexible, incluso ajeno a las emociones. Era un personaje. Pero esta vez no. Fue la primera vez que vimos a Jorge Riveros, ya no era el malo, ni el feo.
Con el tiempo el Señor dejó de gritar, ya no era necesario. El trabajo estaba hecho y llegado a este punto pasaban dos cosas: o habíamos aprendido o no teníamos remedio. La disciplina en el trabajo fue la misma, la atmósfera cambió. Ya disfrutábamos las prácticas igual que el Señor, incluso bromeábamos con él. Tenía un sentido del humor ácido e inteligente. El señor ya no se tomaba la molestia de esconder la anforita de whisky que guardaba en una pieza de talabartería, confiaba en nosotros. Habíamos pasado la prueba, pero ya no lo veíamos como una prueba. “Es muy estricto, pero es uno de los mejores”, repetíamos en la cafetería.
El Señor Riveros daba clases de fotografía. Amaba la fotografía y los westerns, pero además sabía mucho del funcionamiento del guión y la estructura dramática. “Yo no leo guiones, platíqueme de que se trata”, decía cuando alguien le solicitaba ayuda. Los mejores consejos acerca de una historia los recibí de él.
Llegaron nuevas generaciones y un día el Señor no estuvo más. Se contaron historias. Lo habían corrido porque alguien se quejó, se había ido a dar clases a otra escuela, etc. Nosotros lo seguimos recordando, imitando sus frases ya no como un exorcismo sino como una forma de tenerlo cerca. No pudimos filmar el western que hacía cada año con un pequeño grupo de alumnos de cada generación. Hicimos la carpeta y luego se fue, lo dejamos de ver. A alguien le mandó un correo electrónico, diciendo que el proyecto seguía en pie, pero no se hizo. Nos hubiera gustado.
Años después cuando pude trabajar profesionalmente en el cine, me acordé de él, a veces cuando ponía tres despertadores para llegar puntual al llamado, a veces cuando había demasiada tensión y había que tener calma, y a veces cuando tenía que respetar a los demás como personas y en su trabajo. Como Daniel San en el karate-kid, no supe cuánto estaba aprendiendo hasta que tuve necesidad de aplicarlo.

Todos sus alumnos tuvimos una historia con el Señor Riveros, sus alumnos de todas las generaciones. Era imposible no tenerla. Quizás primero con su personaje de malo, pero sobre todo, creo que recordamos al Señor Riveros que nos enseñó cómo es el oficio del cine, al Señor Riveros que hacía bromas, que sonreía satisfecho al ver el iluminado el set, al bueno.

Wednesday, February 22, 2012

De nombres de perros

En los tiempos en que mi abuela era una mujer madura, era muy mal visto ponerle nombre de persona a un perro. El perro de mi abuela se llamaba el trapo, luego vino el pillín, y después la paloma, (solovino y firulais ya estaban en desuso desde entonces), en la ciudad los perros se llamaban: pinto, pirata, o muñeca. La gente era gente y los perros eran perros. Hoy en día las tendencias se inclinan por nombrar a los perros como se nombran a las personas: felipe, martín, martha, olga; y ya casi nadie se ofende porque un perro sea su tocayo. Pero más allá de herir susceptibilidades, esto puede traer algunas consecuencias desagradables, por ejemplo aquel que durante una fiesta grita: “Martín deja eso!, y luego aclara: no tú no, le hablo al perro, tú estás bien, salud!” O la señora que en la fila del banco comenta en voz alta: “Ya no sé que hacer con Martha, se volvió a meter al baño y se tragó unos papeles!”, o peor aún: aquel que corre por la banqueta y cuando un vecino le pregunta, qué le preocupa le contesta: “dejé la puerta abierta, se salió Felipe a la calle, y no lo encuentro, tiene tres años y es de pelo cafecito!” Acto seguido el vecino saca su teléfono y le llama a una patrulla. Además de estos incidentes, que los perros tengan nombres de personas ha traído como consecuencia una especie de transfiguración colectiva, que ha sido rápidamente aprovechada por los lobos de la mercadotecnia para inundar el mercado con productos surrealistas, para perros humanizados. Así, hoy podemos encontrar champús vitaminados, juguetes desestresantes, suéteres de cuello de tortuga, y en el ramo de los servicios: estéticas de lujo, spas y hoteles para perros. Nuestra perrita Candy por ejemplo come croquetas balanceadas en grasa y nutrientes y yo como tacos de diez pesos. No sé si todo esto sea otra influencia de la cultura norteamericana, donde los hijos abandonan el nido apenas aprenden a manejar, y los padres compran perros para sustituir a los hijos que se están emborrachando en la escuela, o sea producto de la planificación familiar, o ambas cosas, lo cierto es que estamos malcriando a nuestras mascotas. Yo por más que tato de seguir los consejos del Encantador de Perros (la máxima del programa es: hay que educar a los dueños), no puedo evitar caer en la manipulación y termino subiendo a Candy al sofá. Quizás en algún futuro cercano los perros empiecen también a gozar del linaje humano adoptando los apellidos de los dueños, así podremos escuchar cosas como: “La señorita Slim viene por estética, baño, corte de uñas y vacuna antipulgas, atiéndanla bien por favor”, o quizás la voz del señor que llega del trabajo y pregunta: “Ya le dieron sus croquetas a juan Nepomuceno Silva-Herzog?”.

Monday, May 31, 2010

EL ENCUBRIMIENTO PEDAGÓGICO.

Si nuestros ancestros, hace cinco siglos, en lugar de confundir a los españoles con dioses, los hubieran tomado por extraterrestres, quizás no estaríamos como estamos, porque a fin de cuentas aquellos hombres barbados venían de un lugar que estaba fuera del mundo, que en ese momento histórico terminaba en las playas del golfo y del pacífico, pero no tenían capacidades sobre humanas. Al poco tiempo, los invasores empezaron a llevarse el oro y a las princesas nativas, y fue entonces cuando los aztecas se dieron cuenta del error, pero ya era demasiado tarde y esta equivocación se convirtió en un tabú. Este pecado original ha dado origen a una peculiar característica de nuestra cultura: El Encubrimiento Pedagógico. El cual consiste en que una vez que un personaje ha sido ungido como prócer (ya sea por el hecho de cargar una piedra en la espalda y quemar una puerta con una antorcha o soltar un cañonazo y derribar otra), es deber patrio conservarlo como imagen inmaculada para el resto de los días. Esto da como consecuencia lógica una lucha entre la historia y el estado, es por eso que prácticamente ningún mexicano en edad escolar entiende por qué si nuestros héroes era buenos, andaban peleados unos con otros (los villanos están mejor definidos). Así pues, la vida de nuestros héroes vista desde el enfoque oficial es vida de santo, y de santo brillante además. En los terrenos de la historia, en lugar observar el error y asumirlo, hemos sido educados para transfigurarlo y obtener de él un ejemplo de lucha, motivo por el cual no hemos podido avanzar como sociedad. Lo anterior lo comento porque se avecina el mundial de futbol y vienen a mi cabeza recuerdos de nuestros cronistas deportivos soltando frases como: tuvimos una participación decorosa, mostraron el carácter, o: los penales son un auténtico volado. Personalmente, nunca he creído que aquellas derrotas contra Alemania y posteriormente contra Bulgaria (ambas traumáticas para mi generación), hubieran sido producto de un insondable mecanismo del destino, porque para empezar se trataba de un partido de futbol, no de una cita entre dos equipos para tirar penales. No tuvimos la capacidad técnica para ganarles en la cancha, y tampoco para ganarles en la tanda de penales (varios ni siquiera tuvieron dirección de portería), si mostraron el carácter o la participación fue decorosa son consideraciones ante las cuales cada quién pone su rasero, pero de que no tuvieron la técnica, ni la preparación mental, de eso no me queda duda. Sin embargo, luego de ochenta años de participaciones mundialistas, nuestra táctica sigue siendo prácticamente la misma: echarle todas las ganas, morirnos en la cancha (y eso es lo que hacemos), o cómo decía Javier Aguirre en su primera etapa: salir y poner en el partido los arrestos necesarios (ahora ya dice güevos en lugar de arrestos). Estas declaraciones de primera mano no suenan mal, pero dan como resultado que nuestros jugadores se la pasen corriendo detrás de la pelota, y que cuando por fin la tienen vuelvan a correr hasta chocar contra algo, y luego le tiren una patada a eso contra lo que chocaron, y luego le reclamen al árbitro, y luego increpen al rival que está tirado sobándose el tobillo, todo esto es lo que al parecer se entiende como echarle ganas, morirse en la cancha, y tener arrestos. Javier Aguirre no se ha dado cuenta de que tiene en las manos una generación valiosa, pero además parece no observar que los ingleses, los holandeses, los alemanes, y en general todos los países que participarán en calidad de Potencia, son más altos, más fuertes, y que provienen de ligas cuyo nivel de competencia es muy superior a la nuestra. Si yo fuera Aguirre me detendría un momento, y buscaría echar mano de la experiencia que tienen varios de nuestros jugadores en estas ligas europeas, evitando mandarlos a morirse en la cancha. Habría que elaborar una estrategia que al menos diera como resultado un mayor porcentaje de tiros al arco rival, porque eso de mantener la posesión del balón no sirve para nada. Es muy difícil decir que vamos a ser campeones del mundo, como es difícil decir lo contrario, sean quienes sean los que nos representen. La esperanza es intrínseca al sentido de pertenencia: creo porque de alguna manera formo parte, aunque a veces uno ya no quisiera. Y es en esos momentos de lucidez que me pregunto: ¿cómo será esta vez? ¿Con otro golazo en tiempo extra?, ¿un descuido defensivo? ¡En penales! “Así no duele”, comentó Valdano cuando Holanda echó a Argentina con aquel pase de De Boer a Dennis Bergkamp, pero sí dolía, siempre duele, sólo que duele menos cuando se ha jugado a algo. Ojalá no sigamos cometiendo los mismos errores, al menos tendríamos que cometer otros, si nos toca jugar contra Francia, Inglaterra, o Alemania tenemos que darnos cuenta de que no son dioses, son simplemente extraterrestres.

Monday, May 17, 2010

REMI

Hace unos días, una mujer de mi edad relataba algo que le había ocurrido recientemente, no recuerdo que era, pero sí recuerdo que usó la siguiente expresión: “…Y yo así ya con el ojito de Remi, me le quedé mirando…”. Yo que hasta ese momento estaba pensando que no tenía calcetines limpios, solté una carcajada solidaria, la cual no fue secundada por el resto de los interlocutores, la mayoría más jóvenes. Esto me ha llevado a pensar en la validez de usar expresiones provenientes de referencias que hoy en día parecen insondables, pero que de alguna manera han seguido en la mente de una generación anacrónica, la mía. Para analizar el punto es necesario analizar la fuente. No tengo el documento a la mano, sé que venden la serie completa afuera de algunas estaciones del metro, pero como no había pensado en hacer un análisis del caso hasta hoy, lo haré confiando en los alcances de mi memoria. Remi es la historia de un niño francés que vivía en la aldea de Shavanof o Shavanov (debido a que no estoy seguro de los nombres ni conozco el francés, usaré el sistema fonético para referirme a ellos tal y como los recuerdo). Su entorno familiar parece salido de una película de nuestro cine de oro: madre abnegada y trabajadora, padre ausente, que un día se aparece y resulta alcohólico y golpeador, comida miserable: baguetes con café. La voz de un declamador profesional irrumpe en off de vez en cuando para ponernos en contexto diciendo cosas como: “A pesar de todo, Remi se sentía feliz, pasaba largas horas en el campo en compañía de su vaca, y soñaba con ayudar a su madre”. Casi de inmediato nos enteramos, (por culpa del padre, que se la pasa renegando de su pobreza), de que Remi es en realidad un hijo adoptado por esta familia. No obstante la madre, lo quiere como al hijo que nunca pudo tener: “¡dime mamá!”, le dice. “¡Mamá!”, “¡más fuerte!”, “¡MAMAAAÁ!”. Una mañana al padre se le termina el dinero para el alipús, y como si estuviera dando el pie para un corrido de los Tigres del Norte, decide vender al hijo por unas monedas. El comprador es un artista ambulante llamado: el Señor Vitalis, quien además de cargar un arpa, se hace acompañar de un mono capuchino vestido de botones: Corazón Alegre, y de tres perros vestidos de humanos: Dulce, Cerdino y Capi. Una vez cerrada la transacción el señor Vitalis se aleja de la aldea con el pequeño Remi a rastras, el padre va a la tienda por más vino, y la madre llega a la choza cansada de lavar ropa ajena. Cuando ella se entera de lo que ha sucedido sale corriendo por una ladera a buscar a su hijo, grita, llora, pero es demasiado tarde, sólo se escuchan las campanas de la iglesia del pueblo. Remi ha desaparecido y quién sabe qué peligros le esperen. El terror que me embargaba a los ocho años después de haber visto esto, se convertía en una especie de azoro al escuchar la canción con que cerraba la serie, empezaba más o menos así: “tun tun tun tun caminar, tun tun tun tun a correr, tun tun tun tun caminar, juntos por el camino, brinco, salto y corro, feliz por los campos, todo es muy hermoso si lo sabes ver…”. Recuerdo que por un tiempo no soportaba escuchar las campanas de la iglesia. La historia continúa con la compañía ambulante del Señor Vitalis presentándose por varias aldeas. Remi empieza por tocar el pandero y hace piruetas mientras el señor Vitalis toca el arpa, los perros bailan en dos patas y el mono pide dinero a la gente con una tacita. Remi llora por las noches, y recuerda a su madre tendiendo la ropa. Esto sucede en la Europa del siglo antepasado, así que igual que en la época de nuestro cine de oro, la policía no puede hacer nada ante los reclamos de la madre. Sin embargo el señor Vitalis a pesar de ser tratante de personas y explotador de menores, resulta que no es mala gente, ni pederasta, comparte con Remi las ganancias y el baguete. Según recuerdo, siempre comen baguete y envuelven los sobrantes en un pañuelo para luego guardarlo en unas mochilas de cuero. Cuando una función se arruina por alguna razón, digamos un aguacero repentino que dispersa a la gente, la compañía Vitalis regresa al hotelucho donde se hospedan, el señor Vitalis abre la mochila, saca el pedazo de baguete, lo desenvuelve, lo parte, y reparte los pedazos entre todos, incluidos los perros y el mono, porque todos comen baguete. Remi con el paso del tiempo se va acostumbrando a su nuevo oficio y hasta le agarra el gusto (de ahí la canción que canta al final), ahora viste un chalequito negro y usa un sombrero de ala ancha con pluma de pachuco, pero cual si fuera un paisano del otro lado del río, siempre sueña con regresar a la aldea y volver a estar con su madre. Un día el señor Vitalis enferma de tuberculosis, y Remi aprovecha para dar el rol con los perros y llega hasta un barco llamado el Cisne, donde conoce a una señora ricachona que a la postre sabremos es su verdadera madre, pero como en ese punto ni Remi, ni nosotros sabemos eso, la cosa continúa con que regresa Vitalis y decide llevar a Remi a su aldea. Justo entonces una feroz nevada les cierra el paso y los acorrala en un risco. Para empeorar las cosas los acecha una manada de lobos. Dulce, la French Puddle será devorada y Cerdino morirá al intentar defender al grupo, Corazón Alegre morirá después, provocando un trauma indeleble a quince millones de niños. Aplicando el viejo lema de: The show must go on, que en el caso del señor Vitalis se convierte en: “¡siempre adelante Remi!”, la compañía continúa su periplo, pero sintiendo cada vez más cerca su final, el señor Vitalis decide transmitir a Remi todo lo que sabe del negocio. Al estilo Jedi, el señor Vitalis enseña a Remi a perfeccionar su desempeño en el arpa y el canto, pero finalmente también muere, no sin antes explicarle a Remi la ruta para regresar a su aldea. Como Obi Wan Kenobi, Kalimán, o algún priísta legendario, el señor Vitalis todavía aparecerá de vez en cuando para gritar su lema: “¡siempre adelante!”. Para entonces Remi y lo que resta de la compañía deben estar lejísimos porque les lleva varios capítulos regresar a pie, cada vez que a Remi se le doblan las piernas escucha: “¡siempre adelante Remi!”. Durante ese trayecto toma las riendas de la compañía, y con el arpa a cuestas se va presentando en las plazas que quedan de paso. Es entonces cuando conoce a Magia, una especie de Huckleberry Finn, que también viaja de polizón en los trenes. Callejero y sinvergüenza, Magia le enseña a Remy a sobrevivir sin derramar tanta lágrima, lo que nos permitió a todos darnos un respiro. Finalmente ambos regresan a la aldea sólo para encontrar con que la madre ya no está ahí, luego de esto, tengo recuerdos borrosos, por alguna razón no recuerdo el final de la serie. Lo que si tengo presente y de ahí parte la referencia que se menciona al principio, es que a pesar de ser un niño francés, Remi, como muchas otras caricaturas de nuestros tiempos y de hoy en día, era dibujado por japoneses, lo que daba como resultado que cada vez que le ocurría una desgracia, cosa que era bastante frecuente, todos los niños podíamos ver en el televisor un ojo descomunal en el cual se formaba una lágrima indecisa y titilante. Otra cosa que recuerdo es que cada vez que finalizaba un capítulo y antes de que la canción optimista hiciera corto circuito con nuestra angustia, aparecían en el cuadro inferior unos signos parecidos a dos letras C y a una V acostada, nunca he sabido que significan, ni los he vuelto a ver en ninguna caricatura japonesa.

Thursday, October 01, 2009

UNA PELICULA MEXICANA DE AVIONES

Anoche estaba yo pensando que el cine mexicano no tiene películas cuyo escenario principal sea un avión, entonces se me ocurrió escribir un argumento que fue el siguiente: abrimos con un plano de establecimiento de un aeropuerto, estamos en una ciudad turística, quizás una ciudad con playa, en la sala de espera hay personas que visten bermudas, gorras y sandalias, algunas jalan maletas, otros más están sentados leyendo revistas. Por los altavoces se da el anuncio de abordar, se forma una fila frente a una de las puertas, las sillas quedan desiertas excepto por un individuo, hacemos un close up, el personaje viste guayabera blanca y parece ocupado haciendo algo con sus manos, su mirada denota determinación, concluye, la cámara toma sus manos y vemos que cierra un maletín. Música de sintetizador: es el malo y algo trama. Cuando están a punto de cerrar el acceso llega apresurado. La señorita de traje sastre le sonríe: “¡justo a tiempo, que tenga buen viaje!”, le dice. El avión no lleva el cupo completo, así que el tipo de guayabera ocupa un asiento solitario al final del pasillo, sin embargo un niño nota en él algo misterioso. Para crear el dramatismo necesario podríamos hacer digresiones que tengan que ver con el personal del avión, podríamos empezar quizás con alguna conversación entre los pilotos: “yo creo que este es mi último vuelo”, “¿y eso, tú?, ¿saliste mal en los exámenes?”, “no, mis exámenes médicos salieron bien, pero los jefes ya no me quieren renovar el contrato, creo que por fin me retiraré a mi vieja casa junto al muelle”, “¡esos aprovechados!”. Corte a: dos azafatas guardando bolsas de café en un compartimento: “en Bolívar hay una casa que tiene unos vestidos de novia preciosos, si quieres yo te acompaño”, la otra azafata sonríe y sale de cuadro. Corte a: la azafata que se va a casar diciéndole a un pasajero: “señor, debe guardar su equipaje de mano en el compartimento”. Corte a: unas manos que sujetan un maletín pequeño, la cámara sube y vemos el rostro del tipo de guayabera, el tipo le sonríe amablemente. Música de sintetizador. “Son mis medicinas, señorita, en seguida las guardo”. “¿Viaja solo?”, le pregunta la azafata. “No, somos tres”, le dice el de guayabera. La azafata le sonríe, “recuerde a sus compañeros utilizar el cinturón durante el despegue”. “No lo necesitan, mis acompañantes son Dios y El Espíritu Santo”, le informa el de guayabera, pero la azafata ya no lo escucha, ha regresado por el pasillo. El avión despega. A continuación dibujaremos entre los pasajeros a nuestros personajes secundarios: la mamá del niño (que lo regaña por estar mirando al señor), una pareja de recién casados que regresan de su luna de miel, un norteamericano de raza negra que ha venido a dar una conferencia sobre sistemas financieros, tres jóvenes que van a la capital a ver el partido de la selección mexicana, un matrimonio maduro que disfruta de su jubilación y un diputado federal que flirtea con la azafata soltera. Nadie sospecha que a bordo del avión viaja un tipo con una bomba. Aquí entra la toma con el avión volando entre las nubes. El tipo de guayabera le hace una seña a la azafata comprometida, le pide que se acerque. “¿Sabe qué día es hoy?”, pregunta, “miércoles”, le responde, “no, qué fecha es hoy”, “nueve de septiembre, señor”, “nueve de septiembre del año dos mil nueve, ¿entiende?”. La azafata lo mira sin dejar de sonreír, el de guayabera se inclina hacia ella como para hacerle una confidencia y abre un poco su maletín, “quiero que demos siete vueltas sobre la ciudad de México”, le dice. La azafata pierde el color pero conserva la calma, “un momento”, le responde, entonces congela la sonrisa, cruza el pasillo en sentido contrario, llega a la puerta de la cabina, apachurra el botón del intercomunicador y dice: “a bordo hay un loco con una bomba”, los pilotos se miran. “Quiere que demos siete vueltas sobre la ciudad de México”. El copiloto se endereza en su silla, se acomoda la diadema y dice: “¿qué?”. El piloto pone en marcha los procedimientos del caso, se comunica con la torre de control y los pone al tanto, la torre de control aplica también los procedimientos. Corte a: el Presidente de la República, seguido por una comitiva y varios reporteros, todos caminan por un pasillo en medio de oficinas, a punto de salir a la calle un tipo de traje los alcanza corriendo. “¡Señor, Presidente!”, le grita. Música de sintetizador. Corte a: la toma del avión volando entre las nubes. Corte a: el interior del avión, donde el niño ha dejado a su mamá durmiendo y se acerca al señor de guayabera, las azafatas ven horrorizadas la escena desde el inicio del pasillo. “¿Qué es eso?”, le dice el niño al tipo de guayabera. “¡Vete con tu mamá, niño!”, le dice el terrorista. “A ver enséñamelo”, “¡que te vayas con tu mamá, niño!”, “¿me lo prestas?”, el niño forcejea con el terrorista, se abre el maletín y podemos ver que se rueda una lata de jugo adornada con foquitos de serie navideña. Aquí hemos llegado al punto climático, así que debemos echar mano de las secuencias paralelas. Se me ocurre por ejemplo empezar con una oficina grande y lujosa. Hay varios tipos de traje y algunos de uniforme militar, todos están de pie rodeando una gran mesa de caoba, intempestivamente se abre la puerta y entran apresurados varios personajes, en medio de ellos viene el Presidente de la República, se detiene, hacemos un acercamiento hasta quedar en primer plano. “¿Cuál es la situación?”, dice. Corte a: interior del edificio de la policía federal, vemos a gente correr, un pelotón pasa revista, en el hangar un jeep sale en reversa, detrás del Jeep aparece un personaje, es el jefe de la policía, hacemos un primer plano vertiginoso hasta su rostro, se acerca un radiotransmisor a la boca, “¡que despeguen los helicópteros!”, ordena. “Es ahora o nunca”, musita. Regresamos al avión, vemos que una de las azafatas corre por el pasillo, abraza al niño y lo regresa a su asiento, su mamá despierta, da las gracias a la azafata y lanza un gruñido: “¡ya te dije que te quedes quieto!”, dice, entonces se acomoda y se vuelve a dormir. Mientras tanto la otra azafata está en el intercomunicador. “¿Por qué quiere que demos siete vueltas?”, le pregunta el piloto. “No sé, solamente me preguntó la fecha y me enseñó la bomba, la trae en un maletín”, le responde. “¿Es árabe?”, le pregunta el copiloto. “Pues, yo creo que sí”, dice la azafata, mirando fijamente hacia el pasillo. En ese momento los tres amigos que van a ver el partido de la selección mexicana, con la intención de ir más cómodos, se cambian de lugar y ocupan asientos cercanos al terrorista, le hacen plática. El terrorista saca algo de su regazo, la azafata soltera cree que es un arma y grita, algunos pasajeros despiertan, es una biblia. La azafata mira a los pasajeros, los pasajeros la miran, ella hace un esfuerzo y les sonríe. Música de sintetizador. Corte a: la oficina lujosa, todos, incluido el Presidente de la República miran el altavoz de un teléfono: “quiere, que el avión dé siete vueltas sobre la Ciudad de México, señor”, es la voz de alguien que está en la torre de control. “¿Sabemos por qué quiere que el avión dé siete vueltas?”, le pregunta el Presidente. “Negativo, el sospechoso se niega a dar más información, estamos revisando la lista de pasajeros, pero al parecer es árabe”, concluye. Todos en la oficina se miran. “Es un símbolo, está en el Corán”, dice uno de los presentes. “Código rojo”, susurra otro vestido de uniforme. Corte a: el avión volando entre las nubes. En el interior las azafatas están paradas junto al intercomunicador. “¿Cómo está la situación allá afuera, está tranquilo, no tiene intención de entrar a la cabina?”, les pregunta el piloto. “Pues ahorita se ven tranquilos, parece que están platicando”, le dice la azafata que salvó al niño. “Cualquier novedad por favor…” empieza a decir el piloto, pero luego se detiene. “¿Cuántos son?”, pregunta. “A mí me dijo que eran tres, pero yo veo a cuatro”, le dice la azafata comprometida. Corte a: el asiento del terrorista, tiene abierta la biblia y lee: “El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre lo vuelve a esconder, y de tanta alegría, vende todo lo que tiene para comprar ese campo…”, dos de los amigos lo escuchan aburridos y arrepentidos de haberse cambiado de lugar, el otro duerme ocupando dos asientos. “Me confirman que no tenemos ningún pasajero de nacionalidad árabe”, les dice el piloto a las azafatas, ellas se miran: “pues yo a uno le noté acento como sudamericano”, recuerda una de ellas. Corte a: un puesto de tacos, los taqueros tienen que trabajar rápidamente para surtir las comandas, algunos clientes mastican y otros sostienen su plato vacío en espera de la nueva remesa, un perro se acerca a olisquear un papel, una señora le da una patada lateral sin dejar de ver la pantalla del televisor que está sobre una mesa plegable, el perro chilla pero no se mueve hasta llevarse el papel en el hocico. En la pantalla vemos una cortinilla que dice: “Corte Informativo, Crisis Terrorista en México”, de fondo música marcial de tambores. En seguida entra el conductor de noticias que empieza diciendo: “y estás son las últimas noticias acerca del secuestro del avión de Aerohuitlacoche (por ponerle un nombre), vamos en vivo con nuestro compañero Alan Stavenhagüen que se encuentra en el aeropuerto de la ciudad de México. Aparece Alan Stavenhagüen con un micrófono. Detrás de él podemos notar que pasan filas de hombres armados con uniformes de la policía federal, también vemos pasar vehículos blindados, vehículos de emergencia y pipas de agua. “Qué tal Mauricio, nos encontramos aquí en el aeropuerto de la ciudad de México donde se ha desplegado un impresionante operativo para hacer frente a esta crisis que vive hoy el país, una crisis inédita en la historia de nuestra nación, y según el último reporte de la policía federal se trata de al menos ocho hombres armados con artefactos explosivos, al parecer de nacionalidad colombiana, los que han tomado este avión, te informo que ya se han desplegado en el aeropuerto varias unidades de la fuerza especial de la policía federal, incluso hay dos helicópteros que están en este momento sobrevolando el aeropuerto de la ciudad de México…”, la cámara sube y vemos a los helicópteros. Corte a: otra oficina lujosa donde otro tipo de uniforme militar da instrucciones a sus subalternos: es el jefe de los militares. De pronto, algo llama su atención, es su pantalla, mira el noticiero. La cámara se acerca a su rostro, el uniformado dice en voz baja: “¡qué está haciendo este pelmazo!”, agarra un teléfono marca un número y grita: “¡qué chingados está pasando, qué hacen estos pendejos!”. Corte a: el avión vuela entre las nubes. Junto al intercomunicador, el piloto ha tomado una decisión: “diles que no podemos dar siete vueltas porque no nos alcanza el combustible, que vamos a aterrizar”, la azafata se acerca al tipo de la bomba, le pregunta si está bien, si necesita algo, los dos amigos aprovechan para escapar a sus antiguos asientos, dejando a su compañero, el cual ronca. El terrorista se entera de que el avión aterrizará, hace una petición: quiere hablar con los medios de comunicación, y también con el Presidente. Mientras tanto, en una sala del aeropuerto se encuentra un grupo de personas, algunos visten de traje y otros son policías, por una puerta irrumpe otro grupo, son parte de las fuerzas especiales. El jefe ordena al personal del aeropuerto que despejen la pista de emergencia, dos tipos salen corriendo. “¡Que despejen la pista porque ya viene el avión con los terroristas!”, grita un hombre por un pasillo. Una familia que acaba de llegar de España se paraliza, la madre carga al niño y caminan apresurados. En el avión la pareja de recién casados recibe una llamada, contesta el marido: “¿cuáles terroristas?”, dice. En ese momento la azafata llega sonriendo a pedirle que apague su teléfono, la pareja la mira. Música de sintetizador. Abajo, cerca de la pista, un mar de reporteros, policías, bomberos y personas indeterminadas, esperan ansiosos junto a los vehículos de emergencia, uno de los helicópteros ya aterrizó. Los militares y los de la policía federal discuten. En el puesto de tacos un joven pide cuatro de bistec, “¿qué noticia están pasando en la tele?”, pregunta. “Unos colombianos que secuestraron un avión”, le responde el taquero. “¿Aquí en México?” dice el joven, “¿tú crees?”, le responde el taquero, “¡esos son del cártel!”, dice el joven. Corte a: La Oficina Oval en la Casa Blanca, el Presidente de los Estados Unidos se encuentra revisando unos papeles en su escritorio, se abre la puerta y entran dos tipos de traje escoltados por agentes del servicio secreto. “No son extremistas, señor presidente”, le dice uno de ellos, “son colombianos”. “Yo pienso que son del cártel”, dice el otro. El Presidente de los Estados Unidos los mira. Música de sintetizador. Corte a: la cabina del avión. El piloto apachurra un botón. “Serpa tres dos nueve, Aerohuitlacoche siete dos cuatro a ocho quinientos solicitando autorización”, dice por la radio. Corte a: interior torre de control, un tipo de diadema que está sentado frente a un radar se da la vuelta. “Van a aterrizar”, revela. Todos se miran. Música dramática. “Autorizado Aerohuitlacoche siete dos cuatro”, se escucha en la cabina. El piloto mira al copiloto, acercamiento a primer plano: “que dios nos ayude”, dice. Sigue la música dramática y vemos al Presidente en mangas de camisa de pie junto a la mesa de caoba, vemos al jefe de los militares que viaja en un jeep a toda velocidad, vemos a las azafatas sentadas colocándose el cinturón de seguridad, vemos a un coche de bomberos avanzando por la pista, vemos a los pasajeros, vemos a la mamá regañando al niño, vemos al diputado llevándose a la boca un frasco de antiácido, vemos al avión descendiendo. El avión aterriza, se despliegan los toboganes de emergencia, todo mundo contiene el aliento. Corte a: interior oficina lujosa, el Presidente escucha el altavoz: “no son colombianos, señor presidente, de hecho no es un grupo terrorista, sólo es una persona, un pastor boliviano”. “Y cómo sabemos eso”, le pregunta un colaborador del Presidente. “Porque el piloto ya está hablando con él”, le responde la voz desde el aparato. Música de sintetizador y corte a: El terrorista leyendo: “llegando a Jericó pasaba Jesús por la ciudad. Allí había un hombre llamado Zaqueo, era jefe de los cobradores de impuestos y muy rico…”. El piloto está frente a él, mira de reojo a la azafata comprometida, la azafata tiene un teléfono en la oreja, “está leyendo la biblia” susurra la azafata. La mayoría de los pasajeros no se dan cuenta de la situación y sacan sus equipajes de mano, sólo la pareja de recién casados mira con el rostro desencajado la escena al final del pasillo. “Ya están abajo los medios de comunicación, el presidente viene en camino, el avión está a su disposición, le están cargando combustible. Sólo le pido por favor que deje bajar a las mujeres y a los niños”, le suplica el piloto. El terrorista, rompe su concentración, dice: “Ah, sí, que bajen”, y sigue leyendo: “Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría…”, el piloto hace una seña y la azafata soltera pide a los pasajeros que bajen por los toboganes de emergencia, mujeres y niños primero, luego les da las gracias por viajar en Aerohuitlacoche. Los pasajeros miran por las ventanillas, ven los toboganes, ven los coches de bomberos, ven los coches blindados, ven las ambulancias, ven a los reporteros, ven a los policías agazapados, ven al helicóptero, ven al piloto al final del pasillo, ven al pastor leyendo la biblia, ven a la otra azafata con un celular en la oreja y empiezan a empujarse unos a otros antes de llegar a las escotillas. En el exterior del avión, policías disfrazados de personal de mantenimiento platican a gritos con el copiloto, que asoma medio cuerpo por una de las ventanillas de la cabina: “¿cuántos son?”, “varios”, “¿qué armas traen?”, “bombas”. Los policías federales acordonan la zona cercana al avión, los pasajeros empiezan a bajar por los toboganes, la mitad son recibidos por policías y la mitad por soldados, los que bajaron en el tobogán de los policías son tirados al piso, los que son recibidos por soldados son conducidos hasta un autobús estacionado cerca del avión. Jefes policiacos y militares discuten. Por el tobogán baja la tripulación, los reciben los policías, les ordenan tirarse al piso, pero no hacen caso y corren hasta el autobús. Los que están tirados protestan. En el interior del avión el pastor se ha concentrado tanto en su lectura que no se ha percatado de que el piloto ya se ha ido. Sin embargo quedan seis pasajeros rezagados a bordo, son el hombre jubilado, el norteamericano, el diputado, y los tres amigos que van a ver el partido de la selección mexicana. Corte a: exterior del avión, Alan Stavenhagüen corre delante de la cámara y va diciendo: “¡Van a entrar, Mauricio! ¡Van a tomar por asalto el avión!”, delante de él las fuerzas especiales avanzan rápidamente, suben la escalinata y entran en el avión. Corte a: interior del autobús, el niño juega con algo, la mamá observa lo que tiene en las manos. “¿Qué es eso?”, le pregunta arrebatándole el juguete. “No sé, lo traía el señor que venía atrás de nosotros”, le responde. Vemos la lata de jugo adornada con foquitos navideños. Música de sintetizador. Corte a: Interior del avión, hay alboroto, tropiezos y gritos de pánico, todo proviene de los policías, los pasajeros los miran tranquilos e intrigados. Les ordenan tirarse entre los asientos, los pasajeros obedecen a regañadientes. El Pastor es rodeado por cinco policías, lo miran. El Pastor los mira. “¿Dónde está la bomba?”, pregunta por fin un policía. “¿Ustedes leen la biblia?”, les contesta el pastor. “¡Tranquilo, sólo queremos saber dónde está la bomba!” “No hay bomba, eran latas de jugo, nomás que les puse unas lucecitas ahí en la sala de espera”, les dice el Pastor. Saca su maletín, lo abre. Los policías se tiran al piso, uno se levanta, ve dos latas de jugo con lucecitas. “¿Quiénes son tus cómplices”?, le pregunta el comandante de los policías recobrando la compostura. Detrás de él, otro policía empuja fuera de los asientos al diputado federal que viste camisa floreada y tiene pinta de colombiano. El diputado protesta, va a decir algo y lo callan. Corte a: Alan Stavenhagüen, que dice: “en este momento, Mauricio, están bajando a los terroristas, los están bajando del avión, aquí los podemos ver…”, la cámara hace un zoom y vemos caminando en fila y esposados a los tres amigos, al norteamericano, al jubilado, al diputado federal y al pastor boliviano. “Al parecer el sujeto que viene al final es el que traía la bomba…”. Los sospechosos son llevados hasta a un autobús de la policía. Conservando la formación los paran en el costado que da hacia la pista, frente a ellos pasan dos uniformados jalados por perros pastor alemán, la cámara del noticiero los sigue, se detienen a un costado del avión, junto a un montón de maletas. Los perros olfatean, al llegar a una maleta chillan y ladran. “Parece que los perros han encontrado algo en el equipaje de los pasajeros, Mauricio…”, dice Stavenhagüen. La maleta tiene bajado un cierre, se asoma un salchichón, un perro lo jala con el hocico y se lo come. Uno de los uniformados mira una etiqueta en la maleta, dice: JFK - New York, luego nota algo raro, es un estuche, hace una seña y se retira. A continuación entra un personaje vestido con overol, guantes y escafandra, es del escuadrón antibombas. Saca el estuche con cuidado y lo coloca en la pista, lejos del avión, lentamente empieza a abrir el estuche. El jefe militar y el jefe de la policía dejan de pelear, Alan Stavenhagüen aprieta el micrófono, una mujer sentada en el piso se lleva las manos a la boca, soldados y policías se paralizan: todos miran. De pronto: un estallido, todo mundo se estremece, algunos cierran los ojos, cuando los abren, el de la escafandra sigue abriendo el estuche, todos miran hacia el avión, un policía que seguía bajando el equipaje ha dejado caer una maleta, se disculpa levantando el pulgar. “¡Qué nadie se mueva!”, grita el jefe de la policía. El estuche guarda un artefacto desconocido. La cámara del noticiero hace un zoom al artefacto, el de la escafandra se acerca, lo empuja con un palito y sale corriendo, no pasa nada. El de la escafandra regresa, acechando como un felino, acerca su palito, da otro empujón y sale corriendo, no pasa nada. El norteamericano alcanza a ver todo, “no, no, it´s my hard disk”, grita, los policías lo callan. El de la escafandra empuja más fuerte con el palito, nada. El conductor del noticiero manda a comerciales. Los clientes del puesto de tacos lanzan imprecaciones por el corte. Al regresar vemos a Stavenhagüen: “Mauricio, el personal del escuadrón antibombas no quiere correr más riesgos y han decidido hacer estallar el artefacto…”, la cámara panea y vemos que el de la escafandra coloca un paquete junto al disco duro del norteamericano. Luego se aleja desenrollando un cable. Corte a: la parte lateral del autobús de la policía, close up a: cara de angustia del norteamericano. Corte a: manos enguantadas que apachurran un botón. Corte a: la cara del norteamericano. “¡Oh, my god! ¡My master degree!”, dice. Corte a: el disco duro volando en pedazos, todo lo anterior puede ir en cámara lenta. Música de victoria. Corte a: interior de la torre de control, todos se abrazan. Sigue la música de victoria. Corte a: El Presidente de la República dando un apretón de manos al jefe de la policía. Música de victoria. Corte a: el Presidente de los Estados Unidos felicitando vía telefónica al Presidente de la República, igual: música de victoria. Corte a: el piloto que camina seguido por las cámaras de televisión hacia el presidente de Aerohuitlacoche, el cual lo espera con un contrato en la mano. Música de victoria. Corte a: interior del autobús de los pasajeros, se abrazan unos a otros. Corte a: los siete sospechosos subiendo al autobús de la policía federal, todos lucen abatidos menos el pastor boliviano que saluda a los periodistas con una sonrisa lejana. Música de victoria. Corte a: interior del hangar de la policía federal. Es la conferencia de prensa. Policías federales con el rostro cubierto, presentan al terrorista, que ya sabemos, es un pastor boliviano. Frente a él, en una mesa, están asegurados su maletín y su biblia. “Por qué secuestró el avión”, le preguntan. Un policía le pasa un micrófono. “Sí, gracias”, le dice amablemente el Pastor. “Mire, hoy es nueve de septiembre del año dos mil nueve, ¿entiende?”, silencio. “Nueve, nueve, nueve”, aclara el Pastor. Flashes de cámaras y silencio. “Si pone de cabeza estos números, nos da el número seis, seis, seis, que está señalado en las escrituras cómo el día de la bestia, una fecha nefasta para este país”, concluye el pastor. “¿Y por qué secuestró el avión?”, pregunta de nuevo el periodista. Al llegar a este punto me encuentro en un dilema: ¿por qué un pastor boliviano secuestraría un avión? Podría ser para anunciar que tuvo una visión divina acerca de la inminencia de un terremoto de proporciones bíblicas, o quizás para llamar la atención de los medios y poder advertir al presidente de un atentado, o posiblemente para conminarnos a llevar una vida más espiritual, o nomás podría ser un desequilibrado mental, y cómo estás cuatro salidas no se contraponen probemos usarlas todas. Digamos que nuestro personaje primero anuncia un terremoto, luego advierte de un atentado contra el presidente, después nos invita a que nos acerquemos más a dios y por la noche, durante el noticiero, descubrimos que se han encontrado antiguos videos de él disparando un arma arriba de una canoa, disparándole a una moneda tirado de panza, y otros donde canta alabanzas religiosas acompañado por un grupo norteño. Por último lo vemos cantando en el interior de la camioneta de la policía federal antes de salir rumbo al penal. El problema con este argumento es que, como ya se habrán dado cuenta, está basado en algo muy conocido, que es el cine gringo de terroristas y aviones, esto es una fórmula probada en Hollywood, sin embargo, ya que la intención es la de hacer una película mexicana, la trama debe transcurrir en México y por lo tanto estar hasta cierto punto desligada de los atavismos del cine gringo, como habrán notado no hay un héroe ni tampoco una bomba. Lo anterior trae una consecuencia funesta: la cosa se queda en un híbrido sin pies ni cabeza. Al releerlo me doy cuenta de que los personajes que de inicio me parecían cercanos y creíbles, puestos en este escenario me parecen caricaturescos, lo que resta verosimilitud a la historia, en lugar de suspenso y drama parece haber humor involuntario, y por supuesto nadie creería que algo así pudiera suceder en nuestro país. Pero quizás haya una manera de remediar la situación, y esa es de plano asumir el argumento dentro de los terrenos de la comedia, la cosa podría terminar con el piloto y el jefe de la policía en el noticiero de Mauricio y Alan Stavenhagüen describiendo parte de la estrategia conjunta utilizada para hacer frente a la crisis, al mismo tiempo, en el noticiero de la cadena televisiva rival, el jefe de la torre de control y el jefe de los militares narran situaciones que contradicen por completo las versiones del otro noticiero. Podríamos meter también, usando el tono documental, una entrevista donde el diputado federal se queja del trato que sufrió y de que le robaron su sombrero. Y como epílogo: plano general de tres hombres en la mesa de un bar de mala muerte. “Vamos a cancelar el atentado contra el presidente, ¡no sé cómo se enteró ese pastor boliviano!”, dice uno. “Y qué vamos a hacer ahora, jefe”, le pregunta otro. “Nos regresamos a Colombia y desmantelamos el cártel, espero que todavía esté en venta esa tienda de abarrotes”. Los tres hombres se quedan pensativos. Corte a: un grupo norteño que se sube a una tarima, empiezan a tocar, entra al escenario el pastor boliviano, el público lo ovaciona, en la toma abierta descubrimos que el público son reos y el escenario está en una cárcel. “Yo era un drogadicto, el peor de los criminales, pero encontré la luz…” empieza a cantar el pastor, el publico grita emocionado. Fade Out a: créditos. Happy Ending.

LA PUERTA MISTERIOSA

El otro día iba yo a comprar una Coca Cola para desayunar, cuando unos metros antes de llegar a la tienda vi una hoja de papel pegada en la puerta de una casa, la hoja tenía un mensaje, sin detenerme pensé en un aviso: “Se venden hielitos de arroz con leche, toque por favor”, o en un recado: “Salimos a Pachuca, en cuanto regresemos paso a pagar los abonos”. Cuando venía de regreso noté que la casa tenía en su fachada un clavo, del cual pendían encendidos tres focos, uno rojo y dos azules. Me detuve a leer el papel y decía lo siguiente: “Los topógrafos que se perdieron en Villa Vieja no eran topógrafos de lo contrario no se hubieran perdido”, y más abajo: “La zapatería cerró por las orgías, tiene 4 años que cerró”. Me terminé los huevos con jamón y seguía pensando en esos pobres topógrafos, me los imaginaba caminando por un terraplén con el sol a plomo y recriminándose mutuamente: “te dije que esos lugareños no eran de confianza”, “¡pero si fuiste tú el que les pidió aventón!” O bien diciendo: “¡yo lo que ya no aguanto es la cruda!”. Después pensé que efectivamente no eran topógrafos ni se habían perdido, entonces los vi en una cantina, estaban felices, contaban dinero y uno le decía al otro: “¿ahora qué pueblo sigue?” La medida me pareció bastante inteligente, porque sinceramente a mí antes me llegaban dos tipos de botas antiderrapantes, con dos rollos de hilo y un tripié y les pagaba por adelantado sin pedir las acreditaciones. Lo que me sí me tenía intrigado era el segundo mensaje, de primera mano parecía un reproche, posiblemente antes eso era una zapatería en bonanza hasta que al dueño se le ocurrió contratar a una dependienta, la cual resultó ser una ninfómana que organizaba reuniones cada vez que el dueño salía. Pero ¿cómo se dieron cuenta que ahí se organizaban orgías? ¿Quién se dio cuenta? ¿El dueño? Supongo que no hubiera cerrado la zapatería sino corrido a la ninfómana, en caso de que fuera religioso, o quizás no era religioso y simplemente lo que le dio coraje es nunca haber sido invitado a las orgías, esto tampoco explica el cierre, entonces ¿quién fue el culpable de cerrar la zapatería? ¿Los vecinos? “¡Nuestra colonia era muy tranquila hasta que abrió esa zapatería, ahora no se puede ni salir a la calle!”, comentarían las señoras en los puestos de fritangas. O quizás tendría que ver con algún policía infiltrado, lo cual ya es ir muy lejos porque en este país los policías infiltrados no cierran negocios turbios sin antes explotarlos el mayor número de años posible, o sea que en este caso el resultado habría sido una nueva cadena de zapaterías clandestinas. Ya entrados en este tipo de suposiciones podría ser también todo lo contrario, es decir, que el dueño fuera un cínico: la zapatería cerró hace cuatro años porque no era negocio y en lugar de eso ahora aquí se hacen orgías. La tesis anterior embonaría mejor con la última parte del mensaje, porque yo nunca he visto en la fachada de un negocio un letrero que diga: ¡cerramos hace cuatro años!, esto sería una información a destiempo y por lo tanto inútil, en cambio si alguien lleva cuatro años organizando orgías debe ser un verdadero profesional. A la hora de la comida decidí ir otra vez a la tienda, me llevé una sorpresa, había nuevos mensajes: “Martha y Lucía vendieron su globo rojo, cuando el sendero es fuerte no se los enseñes”, y más abajo: “Si vas a salir al zócalo el día de Santa Eufrosina, ten cuidado con el pasto”, los foquitos parpadeaban, yo me sentí en el Oráculo de Delfos. Por la noche salí con mi mujer a comer hamburguesas y no resistí las ganas de preguntar acerca de la puerta misteriosa. La señora sonrió y nos contó la historia de un señor un esquizofrénico, “a veces sale a pasear desnudo por la calle, pero no es agresivo”, nos dijo y cambió de tema. ¡Claro!, eso lo explicaba todo. La siguiente vez que vi a la señora de las hamburguesas le pregunté quienes eran Martha y Lucía, y ella respondió: unas niñas que vivían antes por aquí. Ahora lo que necesito es un calendario con santoral, mientras tanto si tengo que pasar por el zócalo procuro no acercarme a las jardineras.

Thursday, March 05, 2009

LA TÉCNICA ALEXANDER

Hace algunos días a mi correo electrónico llegó el siguiente mensaje:

Taller de Técnica Alexander
En Cuernavaca, Mexico

¿Te gustaría pasar un agradable domingo en Cuernavaca, aprendiendo Técnica Alexander a la sombra de un árbol?

El domingo 15 de febrero, Rodrigo Perez (Maestro de técnica Alexander, y chelista, residente en Mexico) y Norma López (maestra de Técnica Alexander y actriz, residente en Viena) impartiremos un taller grupal de Técnica Alexander en el norte de Cuernavaca. El taller está dedicado tanto a principiantes como a alumnos con experiencia de la T.A . Combinaremos la atención individual con dinámicas grupales. Aplicaremos la Técnica en actividades como jugar a la pelota, caminar (nadar sólo los valientes, porque la alberca todavía está fría en febrero), la voz, la presencia en el escenario (optativo), juegos grupales y lo que tú quieras. Si tienes algún amigo o familiar quieres introducir a la Técnica Alexander, esta es una buena oportunidad para animarlo.

Comeremos todos juntos en el bonito jardín. Tendrás la oportunidad de platicar con otras personas que también están aprendiendo la Técnica Alexander.

Si tienes niños tráelos. Alejandra, quien es cuenta-cuentos, hará actividades con los niños. Si vienes del D.F y no tienes coche podemos buscar quién te dé aventón.

Fecha: 15 de febrero
Horario: 10:00am – 6:00pm
Lugar: Privada de los compadres # 12
Cupo máximo: 10 personas
Costo: $650 ($500 con descuento de estudiante). Puedes reservar tu lugar con el 50%

Cuando leí lo anterior llegué a la conclusión de que la Técnica Alexander no servía para mejorar la capacidad de redacción, ni tampoco la capacidad de concentración, puesto que el mensaje (a pesar de ser un envío masivo destinado a gente con frustraciones diversas) nunca explica en qué consiste la Técnica Alexander. Me intrigó el hecho de que algo que cuesta seiscientos cincuenta pesos se pudiera devengar bajo la sombra de un árbol. Me imaginé a diez viejitos extranjeros sentados en las raíces de un amate, escuchando atentamente las instrucciones, o recibiendo algún tipo de masaje que preparase el cuerpo para aplicar la técnica. Me los imaginé viejitos porque por lo general en estos tiempos la gente joven anda demasiado ocupada, y me los imaginé extranjeros porque no sé de ningún paisano que pague por estar bajo un árbol, jugar a la pelota, caminar, meterse a nadar en agua fría o hacer lo que se le de la gana, en cambio en el Pueblote he visto turistas pagando por cosas que si me las regalaran las tiraría a la basura. Si tocamos el punto de la comida en el bonito jardín, tampoco eso es un gancho efectivo de mercado, a menos que la cosa incluya langosta termidor y una botella de whisky, puesto que en el Pueblote afortunadamente todavía abundan los bonitos jardines, yo como a diario en un bonito jardín una muy buena comida corrida de 40 pesos, y respecto a eso de tener la oportunidad de platicar con otras personas que también estén aprendiendo la Técnica Alexander, la cosa es obvia, a menos que la técnica Alexander consista en pegarse los labios con cinta adhesiva y luego ponerse a jugar a la pelota, caminar, nadar, sólo los valientes…etc., en tal caso supongo que de cuando en cuando el instructor y su ayudante formarían dos filas, una frente a la otra, las recorrerían por el interior quitando la cintas adhesivas y al llegar al final se darían la vuelta y el instructor gritaría: ora sí, tienen la oportunidad de platicar durante diez minutos, entonces uno podría intercambiar opiniones de vida con sus compañeros, yo por ejemplo les preguntaría como es que han hecho su fortuna y luego trataría de venderles tierra para composta. Cuando llegué al párrafo final, ya estaba haciendo yo suposiciones muy aventuradas, me imaginé una escena como de película: vemos a una pareja con maletas esperando en el paradero de la caseta a Cuernavaca, junto a ellos un niño y una niña se disputan la propiedad de una mandarina. “¡agarra a a Lupita, la va a atropellar un coche!” dice la señora, “Te dije que los pasáramos a dejar con tu mamá, la Técnica Alexander no es para niños”, le responde el malhumorado señor, intentando sujetar a Lupita por el antebrazo, “pero va a estar Alejandra la cuenta cuentos, quien no contará cuentos, pero hará actividades con ellos”, le refuta la señora, entonces la toma se abre y vemos a un tipo de traje gris parado al filo de la carretera con el brazo extendido y el pulgar levantado, un coche pasa sin detenerse, el hombre lo sigue con la mirada, luego voltea hacia a la pareja, les sonríe ampliamente y grita: “no se preocupen, en el siguiente nos vamos”. El tipo lleva un gafete que dice: “Taller de Técnica Alexander, Cuernavaca, México. Tito Gonzalez. Conseguidor de Aventones”. Finalmente para aquel que crea que tengo dos dedos de frente por haber llegado a este punto sin abrir la página de Google y buscar en que consiste la técnica Alexander, tengo que decirle que lo más ilustrativo que encontré fue lo siguiente: “La Técnica Alexander es un método de reeducación corporal que nos ayuda a detectar y reducir el exceso de tensión que muchas veces no detectamos, pero que origina muchos de los problemas de dolor, postura, equilibrio y rigidez del cuerpo”. Lo anterior me llevó a pensar en un mejoramiento de la técnica en distintos aspectos, próximamente yo mismo impartiré el curso, que por supuesto tendrá un costo menor, no se admiten abstemios, tampoco niños, sólo para gente de Cuernavaca o fuereños con coche, informes con un servidor.

Tuesday, February 03, 2009

Carlos Saura, instalaciones, mezcal y blues.

El viernes pasado mi mujer tenía una cena con sus compañeras de trabajo, así que pensé en ir al cine. Tenía en mente ver una película de balazos, o al menos el póster era de balazos, sin embargo al comprar el boleto me dijeron que la habían quitado para proyectar un documental –no era un cine comercial- y que como era la premier la entrada era gratis. En la sala principal, que estaba desierta, iban a poner una película de Carlos Saura. Me decidí por el documental, trataba de cinco adolescentes que se habían empecinado en formar una banda de heavy metal en Bagdad, y daban conciertos en hoteles derruidos y en medio de bazucazos. Empezaba bien, pero luego el tema se iba desviando hasta que se volvía el pretexto para mostrarnos otra vez lo angustiante y jodido que es vivir en Irak y sus alrededores, salí con los pelos de punta. Me detuve en una esquina para encender un cigarro y de pronto me di cuenta de que a unos metros de mí a alguien le estaba dando un paro cardiaco, me acerqué velozmente y resultó que no, la multitud se había reunido por otros motivos, como ya estaba ahí decidí investigar. El lugar en el que estaba parado se llama La Casona, y está ubicada en pleno centro del Pueblote, es una verdadera hacienda con arcos y jardines, una de esas mansiones viejas que tarde o temprano caen en manos de algún excéntrico adinerado o de algún funcionario cultural visionario quienes deciden que están que ni mandadas hacer para convertirlas en lo que le hace falta a la ciudad: un espacio que sea un museo, pero que también sea una galería, y donde también se den conciertos, y por supuesto que tenga una librería de esas donde se venden café y pastelillos y también artesanías de la región. Al llegar me di cuenta de que la gente formaba un círculo en el interior de una bóveda a medio restaurar, me integré y estuve un rato esperando que saltara un mago o algo, pero no pasaba nada, algunos señores mayores incluso se habían tirado boca arriba y veían al techo como adormecidos, entonces me di cuenta que aquello que yo había tomado como los ruidos de las obras de repavimentación, provenía de unas bocinas que estaban conectadas a una computadora que estaba sobre una mesita, detrás de la mesita un tipo manejaba un proyector, picaba botones y como que bailaba, detrás de él estaban un baterista, un tecladista, y un tipo joven de sombrero que traía colgada una Gibson Les Paul, todos emitían ruidos extraños, al otro extremo había media tonelada de chatarra que era golpeada ocasionalmente por una pareja en estado inconveniente. Levanté la vista y pude ver proyectadas en forma cóncava una serie de imágenes en claroscuro que me recordaron a la película de Carlos Saura que no había querido ver, me invadió un extraño sentimiento de culpa. Estaba a punto de salirme cuando el de la computadora anunció un receso, y acto seguido, cual mago, un individuo apareció una mesa con vasos y dos botellas de mezcal. La cosa mejoró bastante, los decanos se pusieron de pie, los jóvenes aplaudieron, y yo me di cuenta de que le estaba pisando la bufanda a una señora encopetada que trataba de levantarse, afortunadamente un tipo pasó sirviendo el mezcal y me ofreció un vaso por lo que pude salir de manera elegante de la situación. El tipo me recomendó que visitara la exposición de foto que estaba en la galería, en el segundo piso. El jardín principal me dejó sorprendido, las amplias escalinatas de piedra y argamasa me gustaron, pero no puedo recordar ninguna de las fotos que vi, sólo que eran en blanco y negro, sin embargo recuerdo la posición de una de ellas porque de primera mano me pareció que había sufrido un accidente, estaba a la mitad de un pasillo, en posición horizontal, sujeta de las esquinas y pendiendo de un lazo que había sido amarrado a una de las vigas del techo, luego me di cuenta que debajo de ella había un montoncito de vidrios, como si alguien los hubiera metido ahí con una escoba, todo esto junto a un tocadiscos que reproducía una frase de un disco rayado, entonces supe que estaba frente a una instalación. Y por lo que pude seguir escuchando de la pareja de decanos que se había parado a ver la foto horizontal, lo que había yo visto abajo era una intervención. Decidí buscar al del mezcal. Cuando iba de regreso uno de los organizadores anunció la segunda parte de la intervención, pero en un momento de descuido una jipi en estado de ebriedad tomó el micrófono y solicitó un bajista para que se echara el palomazo con los músicos. Nadie traía un bajo, pero eso fue suficiente para que la banda se arrancara con un blues que logró reunir nuevamente a la concurrencia. Debido a que los que tocaban la chatarra no regresaron, y a que en lugar de los decanos (que habían decidido irse a la cafetería a comprar pastelillos de 50 pesos), se encontraban ahora veinte metiches que habían entrado sólo por la música y el mezcal regalado, el intervencionista dimitió. El concierto siguió y duró poco más de una hora, al final todo mundo salió satisfecho y feliz. Ahora pienso que quizás esos espacios culturales que han expropiado los excéntricos adinerados o los funcionarios letrados, serían un poco menos efímeros y más visitados si se incluyera en el proyecto un bar donde se tocara blues y se sirvieran cervezas y mezcal de pechuga, todo a precios accesibles para los bolsillos de la gente ignorante y metiche que vaya pasando por la calle.