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Monday, March 16, 2015

El guión de cine como obra terminada.

 


Una buena amiga mía me invitó a leer una revista que me pareció muy buena, y donde había una sección que trataba sobre la problemática del guión en el cine, en nuestro cine. Aquí el enlace:

http://www.plotpoint.mx/textos-de-portada/el-guion-de-cine-como-obra-terminada  

Las preguntas me parecieron muy interesantes y las respuestas también, pues los entrevistados son guionistas que respeto mucho porque son gente seria que sabe del oficio. Yo no soy guionista, ni gente seria, ni sé del oficio, pero en un arrebato esquizofrénico me puse a contestar el cuestionario nomás porque tengo algunas opiniones del guionismo en nuestro país, que es de lo que se tratan las preguntas. Mis consideraciones por supuesto carecen de toda importancia, lo mejor es leer las respuestas de la revista, con las cuales algunas veces coincido, pero la cosa es que yo opino también otras cosas, por eso me entrevisté yo solito, pues si estuviera de acuerdo en todo no tendría caso publicar estos ridículos. 
1. ¿El guión cinematográfico es, en sí mismo una obra terminada? ¿Sí, no, por qué? 
 R= El guión es una cosa terminada pues ningún guionista llega y dice: "aquí está el guión, nomás que le falta el final, ahí se lo ponen ustedes...etc", pero no es una obra: es una herramienta. El guión no es literatura ni algo que de inicio se piense para que sea publicado como una obra independiente, por la sencilla razón que el guión no busca la belleza, sino la claridad. El guión es una referencia que deben entender todas las cabezas de departamento para poder cumplir con aquello para lo que se les ha contratado. Por otra parte el guión cuenta la historia, es la esencia de la obra cinematográfica. No se le puede pedir más, ni menos. 

2.¿Desde tu perspectiva, ¿a quién pertenece la autoría de una película? 
R= La autoría de una película en nuestro sistema de producción pertenece por lo general al director. Pues él es quien finalmente deberá tomar las decisiones que irán construyendo el lenguaje cinematográfico. Es verdad que el cine es un trabajo en equipo, pero también es cierto que si varias personas tienen la autoridad para tomar las decisiones narrativas, el resultado final será inconsistente, flojo o de plano incomprensible. El set se rige por jerarquías, la figura del director está ahí para darle forma al guión, tomar las riendas del proyecto y asumir la responsabilidad por el resultado final, todo lo que se verá y escuchará en pantalla debe de alguna manera estar aprobado por el director. En otros sistemas como el de la industria de Hollywood, el estudio se encargará de manufacturar éxitos de taquilla usando fórmulas probadas de antemano. Así surgen los blockbusters o éxitos de temporada, en esos casos son los productores del estudio quienes tienen la mayor responsabilidad, pues ellos eligen el guión y al director que dará los resultados esperados. En este sistema el director está limitado por directrices inviolables propias del producto que se busca. En las series televisivas norteamericanas tiene mayor peso el guionista, ya que al ser éstas producciones muy largas, incluso de varios años, no siempre cuentan con el trabajo de un solo director, el guionista será quien proporcione al director en turno los antecedentes que mantengan la congruencia estética y narrativa. 

3. ¿El guión cinematográfico es una pauta (que debe modificarse en el proceso de producción) o constituye la base dramática de la película. 
R= La falsa disyuntiva de la pregunta crea un sesgo. Haciendo un símil con tal planteamiento podríamos igualmente preguntar: la madera de la mesa es la materia prima (que debe modificarse en el proceso de producción) o constituye la base de la mesa. Pues ambas cosas! El guión es una herramienta que sirve para hacer una película, el guión no se modifica: se utiliza. El guión es lo más importante en una película, pero en sí mismo no representa nada, el guión es lo que se busca narrar, es la historia que aún no está contada. El guión es la guía para el director y a partir de él, para todos los departamentos. 

4. ¿En México, de acuerdo a tu experiencia, ¿se valora el trabajo del guionista? 
R= Hoy en día ni siquiera creo que exista en nuestro país el oficio de guionista, hay gente que escribe para cine o televisión, pero que la mayoría de las veces son incapaces de cumplir cabalmente con los requerimientos del puesto. Para empezar porque el cine nacional ha caído en una burbuja de soberbia y banalidad en donde se ha menospreciado la importancia del guión. Al cine nacional ha dejado de importarle el oficio de contar una historia y se ha emborrachado de bodrios autocomplacientes que por supuesto no llenan las salas, y de experimentos soporíferos destinados a los festivales de cine, donde a fin de cuentas todos los asistentes se celebran a sí mismos. El mundillo cinematográfico ha consolidado una endogamia laboral para poder controlar las oportunidades, los recursos y el reconocimiento. La gente de esta burbuja (Condesa-Narvarte-Roma-Polanco) se palmea las espaldas con aires de autosuficiencia y campean directores que no han leído tres libros en su vida, pero que deciden asumirse como escritores debido a su incuestionable genio, carisma y guapura. Todo esto crea un aislamiento que impide que las verdaderas historias, aquellas que ocurren en lo cotidiano de lo nacional, sean contadas. Muchos guionistas surgen de este mismo medio corrupto haciendo relaciones públicas con aquellos que se dedican a obtener los apoyos para filmar, es así que a pesar de que se produce, no se tiene calidad en lo que se hace, ya que no destaca el rigor ni el talento sino el oportunismo y la superficialidad. El resultado es el estereotipo y la repetición. El guionismo está en crisis, casi condenado al ostracismo. Quedan muy pocos guionistas serios, y no creo que puedan vivir de escribir películas, son casi mártires, y por otro lado los guionistas jóvenes tendrán muchas dificultades para incursionar en esta zona roja que es nuestro cine. 

5. A lo largo de tu carrera, ¿cuéntanos como ha sido el trabajo con el director (es) con el (los) que has trabajado? O, en su defecto, si has dirigido, háblanos del proceso que va del papel a la pantalla.
R= No tengo carrera, escribí y dirigí 3 cortometrajes que salieron mal, quería ser guionista y pensé que la única manera de serlo era dirigir yo mismo mis historias, me di cuenta de que era mal director. Lo dejé. 

Tuesday, February 10, 2015

Estéticas.

      En los tiempos en que yo era niño, cuando estaban a punto de terminar las vacaciones de verano y había que empezar con los preparativos para el regreso a clases, uno de éstos era cortarme el cabello. Llegaba yo con mi padre a una peluquería, saludábamos al peluquero y esperábamos; mi padre leyendo el diario deportivo y yo mirando la televisión. Luego me sentaba en un cajón de madera que ponían sobre la silla y me cortaban el pelo como deben traerlo los niños de la primaria. Los hombres íbamos a las peluquerías y las mujeres al salón de belleza. La niñas desconozco a dónde iban.
      Pasó el tiempo y a algún visionario empresarial se le ocurrió que el salón de belleza y la peluquería podrían estar en un mismo lugar, así que rentó un local, puso las secadoras de cabello, las palanganas para la manicura y las sillas de peluquería; pero ya no los diarios deportivos ni los cilindros de espirales azules y rojos. En lugar de eso compró vitrinas y las llenó con champús; luego subió los precios y colocó un letrero en la entrada que decía: "Estética unisex". Como toda innovación quizás al principio fue un concepto incomprendido, pues finalmente cortarse el cabello era uno de los pocos momentos que el matrimonio tenía para relajarse y descansar uno del otro, pero el capitalismo, que no se detiene en consideraciones humanitarias, pronto encontró la solución: contratar estilistas, quienes ya para entonces estaban egresando de las flamantes academias armados con ideas de vanguardia. Esto con el tiempo fue un exitazo, pero como toda revolución, trajo como consecuencia una serie de desencantos que hasta la fecha no paran. El primero fue que las peluquerías que sobrevivieron se fueron transformando en recintos solemnes pero anacrónicos y con atmósfera melancólica. Los peluqueros se hicieron viejos, los clientes que ya eran viejos se hicieron más viejos, los rastrillos desechables jubilaron a los barberos y los niños adquirieron derechos, se revelaron y se largaron con sus hermanas mayores a las estéticas. Hoy nomás se animan a entrar a una peluquería aquellos que tengan ganas de platicar del Zacatepec del Harapos Morales.
      Pero en las estéticas, a pesar de lo que se cree, no todo es felicidad, porque ante el éxito del concepto vino la competencia feroz. Se rentaron locales más grandes, se instalaron espejos de foquitos de camerino, se ofrecieron servicios más especializados y posmodernos como uñas con figuras, luces color morado (antes llamados rayitos), manicura y faciales para hombres, etc., los estilistas que no eran gays tuvieron que fingir serlo so pena de ser desterrados a las peluquerías; los precios subieron más y las estéticas que se fueron quedando rezagadas por no poder ofrecer la infraestructura de la exclusividad, se transformaron en estéticas unisex de clase B, que son un limbo entre las peluquerías y las estéticas de las plazas comerciales.
      Estas estéticas que son más modestas en sus servicios (y que llevan por nombre "Lupita", "Teresa" o como se llame la dueña) son por lo mismo más accesibles para el varón acomplejado que no quiere que algún conocido lo salude a través del cristal mientras está sentado en medio de señoras con papel aluminio en la cabeza. A una de esas es a donde fui hoy a cortarme el cabello, por cuestiones que no vienen al caso, y con los resultados de siempre.
      Hacía cinco años que no me cortaban el cabello, porque durante ese tiempo me lo corté yo por dos razones, la primera es que me di cuenta de que cortar mi cabello no tiene ningún chiste, pues se esponja en mechones que pueden ser eliminados a discreción con unas tijeras vulgares dejándome un aspecto intelectual y distinguido como el de Juan José Arreola. Y la segunda es porque luego de abandonar las peluquerías donde no había otra cosa que el casquete corto, descubrí que padezco una imposibilidad irrevocable para establecer comunicación con las estilistas. Al principio pensé que era porque en las estéticas se usaba un argot peculiar y juguetón que variaba cada cierto tiempo y que yo desconocía, que si por ejemplo decía yo "despunte", significaba en ese momento histórico de la moda cortar tres cuartas partes y dejar unas puntitas de dos centímetros, o que si decía: "con patillas" estaba en realidad dando la orden de rasurar las patillas, o que "corto" significaba a la mullet y pedir a la mullet era quedar con un mohicano, etc. Pero el hecho es que hace un tiempo me sucedió lo siguiente: había quedado de verme con una amiga y ella se había retrasado en la estética, así que hasta ahí llegué yo a ver revistas. Mientras la esperaba ella me sugirió: "¿Por qué no aprovechas y te cortas el pelo?" Yo pensé que no quería cortarme el cabello, pero atendí a la indirecta y contesté que sí, que era buena idea. Entonces cuando la estilista me dijo: "¿Cómo lo vamos a querer?" Se me ocurrió pedirle una de las revistas donde venían fotos como de archivos policiacos, de frente, perfil y tres cuartos, nomás que de gente más atractiva. Le señalé el corte menos extravagante y laborioso a la estilista, luego ella me miró con una sonrisa como de capitán de meseros que aprueba el buen gusto del cliente en la elección del vino, me puso el babero, apretó las jaretas, mojó el cabello y empezó a cortar. Debo aclarar que una vez que la estilista hace eso por alguna razón me quedo mudo, así que goza de total impunidad. Al final ni mi cabello ni yo nos parecíamos en absoluto al joven apuesto de la revista. Otra cosa que no sé cómo responder es cuando preguntan: "¿Quiere que le seque el cabello con la secadora o lo quiere húmedo? ¿Qué tan húmedo? ¿va a querer que le aplique alguna cera?".


Imagen del maestro Juan José Arreola.

Wednesday, February 22, 2012

De nombres de perros


En los tiempos en que mi abuela era una mujer madura, era muy mal visto ponerle nombre de persona a un perro. El perro de mi abuela se llamaba el trapo, luego vino el pillín y después la paloma, (solovino y firulais ya estaban en desuso desde entonces). En la ciudad los perros se llamaban: pinto, pirata o muñeca. La gente era gente y los perros eran perros. Hoy en día las tendencias se inclinan por nombrar a los perros como se nombran a las personas: felipe, martín, martha, olga; y ya casi nadie se ofende porque un perro sea su tocayo. Pero más allá de herir susceptibilidades, esto puede traer algunas consecuencias desagradables, por ejemplo aquel que durante una fiesta grita: “Martín, deja eso! Y luego aclara: no tú no, le hablo al perro, tú estás bien, salud!” O la señora que en la fila del banco comenta en voz alta: “Ya no sé que hacer con Martha, se volvió a meter al baño y se tragó unos papeles!” O peor aún: aquel que corre por la banqueta y cuando un vecino le pregunta qué le preocupa le contesta: “dejé la puerta abierta, se salió Felipe a la calle y no lo encuentro, tiene tres años y es de pelo cafecito!” Acto seguido el vecino saca su teléfono y le llama a una patrulla. Además de estos incidentes, que los perros tengan nombres de personas ha traído como consecuencia una especie de transfiguración colectiva, que ha sido rápidamente aprovechada por los tiburones de la mercadotecnia para inundar el mercado con productos surrealistas para perros humanizados. Así, hoy podemos encontrar champús vitaminados, juguetes desestresantes, suéteres de cuello de tortuga; y en el ramo de los servicios: estéticas de lujo, spas y hoteles para perros. Mi perrita Candy por ejemplo come croquetas balanceadas en grasa y nutrientes y yo como tacos de diez pesos. No sé si todo esto sea otra influencia de la cultura norteamericana, donde los hijos abandonan el nido apenas aprenden a manejar, y los padres compran perros para sustituir a los hijos que se están emborrachando en la escuela, o sea producto de la planificación familiar, o ambas cosas. Lo cierto es que estamos malcriando a nuestras mascotas. Yo por más que tato de seguir los consejos del Encantador de Perros (la máxima del programa es: hay que educar a los dueños) no puedo evitar caer en la manipulación y termino subiendo a Candy al sofá. Quizás en algún futuro cercano los perros empiecen también a gozar del linaje humano adoptando los apellidos de los dueños. Así, podremos escuchar cosas como: “La señorita Slim viene por estética, baño, corte de uñas y vacuna antipulgas. Atiéndanla bien por favor”, o quizás la voz del señor que llega del trabajo y pregunta: “Ya le dieron sus croquetas a juan Nepomuceno Silva-Herzog?” 

Monday, May 31, 2010

EL ENCUBRIMIENTO PEDAGÓGICO.

Si nuestros ancestros, hace cinco siglos, en lugar de confundir a los españoles con dioses, los hubieran tomado por extraterrestres, quizás no estaríamos como estamos, porque a fin de cuentas aquellos hombres barbados venían de un lugar que estaba fuera del mundo, que en ese momento histórico terminaba en las playas del golfo y del pacífico, pero no tenían capacidades sobre humanas. Al poco tiempo, los invasores empezaron a llevarse el oro y a las princesas nativas, y fue entonces cuando los aztecas se dieron cuenta del error, pero ya era demasiado tarde y esta equivocación se convirtió en un tabú. Este pecado original ha dado origen a una peculiar característica de nuestra cultura: El Encubrimiento Pedagógico. El cual consiste en que una vez que un personaje ha sido ungido como prócer (ya sea por el hecho de cargar una piedra en la espalda y quemar una puerta con una antorcha o soltar un cañonazo y derribar otra), es deber patrio conservarlo como imagen inmaculada para el resto de los días. Esto da como consecuencia lógica una lucha entre la historia y el estado, es por eso que prácticamente ningún mexicano en edad escolar entiende por qué si nuestros héroes era buenos, andaban peleados unos con otros (los villanos están mejor definidos). Así pues, la vida de nuestros héroes vista desde el enfoque oficial es vida de santo, y de santo brillante además. En los terrenos de la historia, en lugar observar el error y asumirlo, hemos sido educados para transfigurarlo y obtener de él un ejemplo de lucha, motivo por el cual no hemos podido avanzar como sociedad. Lo anterior lo comento porque se avecina el mundial de futbol y vienen a mi cabeza recuerdos de nuestros cronistas deportivos soltando frases como: tuvimos una participación decorosa, mostraron el carácter, o: los penales son un auténtico volado. Personalmente, nunca he creído que aquellas derrotas contra Alemania y posteriormente contra Bulgaria (ambas traumáticas para mi generación), hubieran sido producto de un insondable mecanismo del destino, porque para empezar se trataba de un partido de futbol, no de una cita entre dos equipos para tirar penales. No tuvimos la capacidad técnica para ganarles en la cancha, y tampoco para ganarles en la tanda de penales (varios ni siquiera tuvieron dirección de portería), si mostraron el carácter o la participación fue decorosa son consideraciones ante las cuales cada quién pone su rasero, pero de que no tuvieron la técnica, ni la preparación mental, de eso no me queda duda. Sin embargo, luego de ochenta años de participaciones mundialistas, nuestra táctica sigue siendo prácticamente la misma: echarle todas las ganas, morirnos en la cancha (y eso es lo que hacemos), o cómo decía Javier Aguirre en su primera etapa: salir y poner en el partido los arrestos necesarios (ahora ya dice güevos en lugar de arrestos). Estas declaraciones de primera mano no suenan mal, pero dan como resultado que nuestros jugadores se la pasen corriendo detrás de la pelota, y que cuando por fin la tienen vuelvan a correr hasta chocar contra algo, y luego le tiren una patada a eso contra lo que chocaron, y luego le reclamen al árbitro, y luego increpen al rival que está tirado sobándose el tobillo, todo esto es lo que al parecer se entiende como echarle ganas, morirse en la cancha, y tener arrestos. Javier Aguirre no se ha dado cuenta de que tiene en las manos una generación valiosa, pero además parece no observar que los ingleses, los holandeses, los alemanes, y en general todos los países que participarán en calidad de Potencia, son más altos, más fuertes, y que provienen de ligas cuyo nivel de competencia es muy superior a la nuestra. Si yo fuera Aguirre me detendría un momento, y buscaría echar mano de la experiencia que tienen varios de nuestros jugadores en estas ligas europeas, evitando mandarlos a morirse en la cancha. Habría que elaborar una estrategia que al menos diera como resultado un mayor porcentaje de tiros al arco rival, porque eso de mantener la posesión del balón no sirve para nada. Es muy difícil decir que vamos a ser campeones del mundo, como es difícil decir lo contrario, sean quienes sean los que nos representen. La esperanza es intrínseca al sentido de pertenencia: creo porque de alguna manera formo parte, aunque a veces uno ya no quisiera. Y es en esos momentos de lucidez que me pregunto: ¿cómo será esta vez? ¿Con otro golazo en tiempo extra?, ¿un descuido defensivo? ¡En penales! “Así no duele”, comentó Valdano cuando Holanda echó a Argentina con aquel pase de De Boer a Dennis Bergkamp, pero sí dolía, siempre duele, sólo que duele menos cuando se ha jugado a algo. Ojalá no sigamos cometiendo los mismos errores, al menos tendríamos que cometer otros, si nos toca jugar contra Francia, Inglaterra, o Alemania tenemos que darnos cuenta de que no son dioses, son simplemente extraterrestres.

Monday, May 17, 2010

REMI

Hace unos días, una mujer de mi edad relataba algo que le había ocurrido recientemente, no recuerdo que era, pero sí recuerdo que usó la siguiente expresión: “…Y yo así ya con el ojito de Remi, me le quedé mirando…”. Yo que hasta ese momento estaba pensando que no tenía calcetines limpios, solté una carcajada solidaria, la cual no fue secundada por el resto de los interlocutores, la mayoría más jóvenes. Esto me ha llevado a pensar en la validez de usar expresiones provenientes de referencias que hoy en día parecen insondables, pero que de alguna manera han seguido en la mente de una generación anacrónica, la mía. Para analizar el punto es necesario analizar la fuente. No tengo el documento a la mano, sé que venden la serie completa afuera de algunas estaciones del metro, pero como no había pensado en hacer un análisis del caso hasta hoy, lo haré confiando en los alcances de mi memoria. Remi es la historia de un niño francés que vivía en la aldea de Shavanof o Shavanov (debido a que no estoy seguro de los nombres ni conozco el francés, usaré el sistema fonético para referirme a ellos tal y como los recuerdo). Su entorno familiar parece salido de una película de nuestro cine de oro: madre abnegada y trabajadora, padre ausente, que un día se aparece y resulta alcohólico y golpeador, comida miserable: baguetes con café. La voz de un declamador profesional irrumpe en off de vez en cuando para ponernos en contexto diciendo cosas como: “A pesar de todo, Remi se sentía feliz, pasaba largas horas en el campo en compañía de su vaca, y soñaba con ayudar a su madre”. Casi de inmediato nos enteramos, (por culpa del padre, que se la pasa renegando de su pobreza), de que Remi es en realidad un hijo adoptado por esta familia. No obstante la madre, lo quiere como al hijo que nunca pudo tener: “¡dime mamá!”, le dice. “¡Mamá!”, “¡más fuerte!”, “¡MAMAAAÁ!”. Una mañana al padre se le termina el dinero para el alipús, y como si estuviera dando el pie para un corrido de los Tigres del Norte, decide vender al hijo por unas monedas. El comprador es un artista ambulante llamado: el Señor Vitalis, quien además de cargar un arpa, se hace acompañar de un mono capuchino vestido de botones: Corazón Alegre, y de tres perros vestidos de humanos: Dulce, Cerdino y Capi. Una vez cerrada la transacción el señor Vitalis se aleja de la aldea con el pequeño Remi a rastras, el padre va a la tienda por más vino, y la madre llega a la choza cansada de lavar ropa ajena. Cuando ella se entera de lo que ha sucedido sale corriendo por una ladera a buscar a su hijo, grita, llora, pero es demasiado tarde, sólo se escuchan las campanas de la iglesia del pueblo. Remi ha desaparecido y quién sabe qué peligros le esperen. El terror que me embargaba a los ocho años después de haber visto esto, se convertía en una especie de azoro al escuchar la canción con que cerraba la serie, empezaba más o menos así: “tun tun tun tun caminar, tun tun tun tun a correr, tun tun tun tun caminar, juntos por el camino, brinco, salto y corro, feliz por los campos, todo es muy hermoso si lo sabes ver…”. Recuerdo que por un tiempo no soportaba escuchar las campanas de la iglesia. La historia continúa con la compañía ambulante del Señor Vitalis presentándose por varias aldeas. Remi empieza por tocar el pandero y hace piruetas mientras el señor Vitalis toca el arpa, los perros bailan en dos patas y el mono pide dinero a la gente con una tacita. Remi llora por las noches, y recuerda a su madre tendiendo la ropa. Esto sucede en la Europa del siglo antepasado, así que igual que en la época de nuestro cine de oro, la policía no puede hacer nada ante los reclamos de la madre. Sin embargo el señor Vitalis a pesar de ser tratante de personas y explotador de menores, resulta que no es mala gente, ni pederasta, comparte con Remi las ganancias y el baguete. Según recuerdo, siempre comen baguete y envuelven los sobrantes en un pañuelo para luego guardarlo en unas mochilas de cuero. Cuando una función se arruina por alguna razón, digamos un aguacero repentino que dispersa a la gente, la compañía Vitalis regresa al hotelucho donde se hospedan, el señor Vitalis abre la mochila, saca el pedazo de baguete, lo desenvuelve, lo parte, y reparte los pedazos entre todos, incluidos los perros y el mono, porque todos comen baguete. Remi con el paso del tiempo se va acostumbrando a su nuevo oficio y hasta le agarra el gusto (de ahí la canción que canta al final), ahora viste un chalequito negro y usa un sombrero de ala ancha con pluma de pachuco, pero cual si fuera un paisano del otro lado del río, siempre sueña con regresar a la aldea y volver a estar con su madre. Un día el señor Vitalis enferma de tuberculosis, y Remi aprovecha para dar el rol con los perros y llega hasta un barco llamado el Cisne, donde conoce a una señora ricachona que a la postre sabremos es su verdadera madre, pero como en ese punto ni Remi, ni nosotros sabemos eso, la cosa continúa con que regresa Vitalis y decide llevar a Remi a su aldea. Justo entonces una feroz nevada les cierra el paso y los acorrala en un risco. Para empeorar las cosas los acecha una manada de lobos. Dulce, la French Puddle será devorada y Cerdino morirá al intentar defender al grupo, Corazón Alegre morirá después, provocando un trauma indeleble a quince millones de niños. Aplicando el viejo lema de: The show must go on, que en el caso del señor Vitalis se convierte en: “¡siempre adelante Remi!”, la compañía continúa su periplo, pero sintiendo cada vez más cerca su final, el señor Vitalis decide transmitir a Remi todo lo que sabe del negocio. Al estilo Jedi, el señor Vitalis enseña a Remi a perfeccionar su desempeño en el arpa y el canto, pero finalmente también muere, no sin antes explicarle a Remi la ruta para regresar a su aldea. Como Obi Wan Kenobi, Kalimán, o algún priísta legendario, el señor Vitalis todavía aparecerá de vez en cuando para gritar su lema: “¡siempre adelante!”. Para entonces Remi y lo que resta de la compañía deben estar lejísimos porque les lleva varios capítulos regresar a pie, cada vez que a Remi se le doblan las piernas escucha: “¡siempre adelante Remi!”. Durante ese trayecto toma las riendas de la compañía, y con el arpa a cuestas se va presentando en las plazas que quedan de paso. Es entonces cuando conoce a Magia, una especie de Huckleberry Finn, que también viaja de polizón en los trenes. Callejero y sinvergüenza, Magia le enseña a Remy a sobrevivir sin derramar tanta lágrima, lo que nos permitió a todos darnos un respiro. Finalmente ambos regresan a la aldea sólo para encontrar con que la madre ya no está ahí, luego de esto, tengo recuerdos borrosos, por alguna razón no recuerdo el final de la serie. Lo que si tengo presente y de ahí parte la referencia que se menciona al principio, es que a pesar de ser un niño francés, Remi, como muchas otras caricaturas de nuestros tiempos y de hoy en día, era dibujado por japoneses, lo que daba como resultado que cada vez que le ocurría una desgracia, cosa que era bastante frecuente, todos los niños podíamos ver en el televisor un ojo descomunal en el cual se formaba una lágrima indecisa y titilante. Otra cosa que recuerdo es que cada vez que finalizaba un capítulo y antes de que la canción optimista hiciera corto circuito con nuestra angustia, aparecían en el cuadro inferior unos signos parecidos a dos letras C y a una V acostada, nunca he sabido que significan, ni los he vuelto a ver en ninguna caricatura japonesa.

Thursday, October 01, 2009

UNA PELICULA MEXICANA DE AVIONES

Anoche estaba yo pensando que el cine mexicano no tiene películas cuyo escenario principal sea un avión, entonces se me ocurrió escribir un argumento que fue el siguiente: abrimos con un plano de establecimiento de un aeropuerto, estamos en una ciudad turística, quizás una ciudad con playa, en la sala de espera hay personas que visten bermudas, gorras y sandalias, algunas jalan maletas, otros más están sentados leyendo revistas. Por los altavoces se da el anuncio de abordar, se forma una fila frente a una de las puertas, las sillas quedan desiertas excepto por un individuo, hacemos un close up, el personaje viste guayabera blanca y parece ocupado haciendo algo con sus manos, su mirada denota determinación, concluye, la cámara toma sus manos y vemos que cierra un maletín. Música de sintetizador: es el malo y algo trama. Cuando están a punto de cerrar el acceso llega apresurado. La señorita de traje sastre le sonríe: “¡justo a tiempo, que tenga buen viaje!”, le dice. El avión no lleva el cupo completo, así que el tipo de guayabera ocupa un asiento solitario al final del pasillo, sin embargo un niño nota en él algo misterioso. Para crear el dramatismo necesario podríamos hacer digresiones que tengan que ver con el personal del avión, podríamos empezar quizás con alguna conversación entre los pilotos: “yo creo que este es mi último vuelo”, “¿y eso, tú?, ¿saliste mal en los exámenes?”, “no, mis exámenes médicos salieron bien, pero los jefes ya no me quieren renovar el contrato, creo que por fin me retiraré a mi vieja casa junto al muelle”, “¡esos aprovechados!”. Corte a: dos azafatas guardando bolsas de café en un compartimento: “en Bolívar hay una casa que tiene unos vestidos de novia preciosos, si quieres yo te acompaño”, la otra azafata sonríe y sale de cuadro. Corte a: la azafata que se va a casar diciéndole a un pasajero: “señor, debe guardar su equipaje de mano en el compartimento”. Corte a: unas manos que sujetan un maletín pequeño, la cámara sube y vemos el rostro del tipo de guayabera, el tipo le sonríe amablemente. Música de sintetizador. “Son mis medicinas, señorita, en seguida las guardo”. “¿Viaja solo?”, le pregunta la azafata. “No, somos tres”, le dice el de guayabera. La azafata le sonríe, “recuerde a sus compañeros utilizar el cinturón durante el despegue”. “No lo necesitan, mis acompañantes son Dios y El Espíritu Santo”, le informa el de guayabera, pero la azafata ya no lo escucha, ha regresado por el pasillo. El avión despega. A continuación dibujaremos entre los pasajeros a nuestros personajes secundarios: la mamá del niño (que lo regaña por estar mirando al señor), una pareja de recién casados que regresan de su luna de miel, un norteamericano de raza negra que ha venido a dar una conferencia sobre sistemas financieros, tres jóvenes que van a la capital a ver el partido de la selección mexicana, un matrimonio maduro que disfruta de su jubilación y un diputado federal que flirtea con la azafata soltera. Nadie sospecha que a bordo del avión viaja un tipo con una bomba. Aquí entra la toma con el avión volando entre las nubes. El tipo de guayabera le hace una seña a la azafata comprometida, le pide que se acerque. “¿Sabe qué día es hoy?”, pregunta, “miércoles”, le responde, “no, qué fecha es hoy”, “nueve de septiembre, señor”, “nueve de septiembre del año dos mil nueve, ¿entiende?”. La azafata lo mira sin dejar de sonreír, el de guayabera se inclina hacia ella como para hacerle una confidencia y abre un poco su maletín, “quiero que demos siete vueltas sobre la ciudad de México”, le dice. La azafata pierde el color pero conserva la calma, “un momento”, le responde, entonces congela la sonrisa, cruza el pasillo en sentido contrario, llega a la puerta de la cabina, apachurra el botón del intercomunicador y dice: “a bordo hay un loco con una bomba”, los pilotos se miran. “Quiere que demos siete vueltas sobre la ciudad de México”. El copiloto se endereza en su silla, se acomoda la diadema y dice: “¿qué?”. El piloto pone en marcha los procedimientos del caso, se comunica con la torre de control y los pone al tanto, la torre de control aplica también los procedimientos. Corte a: el Presidente de la República, seguido por una comitiva y varios reporteros, todos caminan por un pasillo en medio de oficinas, a punto de salir a la calle un tipo de traje los alcanza corriendo. “¡Señor, Presidente!”, le grita. Música de sintetizador. Corte a: la toma del avión volando entre las nubes. Corte a: el interior del avión, donde el niño ha dejado a su mamá durmiendo y se acerca al señor de guayabera, las azafatas ven horrorizadas la escena desde el inicio del pasillo. “¿Qué es eso?”, le dice el niño al tipo de guayabera. “¡Vete con tu mamá, niño!”, le dice el terrorista. “A ver enséñamelo”, “¡que te vayas con tu mamá, niño!”, “¿me lo prestas?”, el niño forcejea con el terrorista, se abre el maletín y podemos ver que se rueda una lata de jugo adornada con foquitos de serie navideña. Aquí hemos llegado al punto climático, así que debemos echar mano de las secuencias paralelas. Se me ocurre por ejemplo empezar con una oficina grande y lujosa. Hay varios tipos de traje y algunos de uniforme militar, todos están de pie rodeando una gran mesa de caoba, intempestivamente se abre la puerta y entran apresurados varios personajes, en medio de ellos viene el Presidente de la República, se detiene, hacemos un acercamiento hasta quedar en primer plano. “¿Cuál es la situación?”, dice. Corte a: interior del edificio de la policía federal, vemos a gente correr, un pelotón pasa revista, en el hangar un jeep sale en reversa, detrás del Jeep aparece un personaje, es el jefe de la policía, hacemos un primer plano vertiginoso hasta su rostro, se acerca un radiotransmisor a la boca, “¡que despeguen los helicópteros!”, ordena. “Es ahora o nunca”, musita. Regresamos al avión, vemos que una de las azafatas corre por el pasillo, abraza al niño y lo regresa a su asiento, su mamá despierta, da las gracias a la azafata y lanza un gruñido: “¡ya te dije que te quedes quieto!”, dice, entonces se acomoda y se vuelve a dormir. Mientras tanto la otra azafata está en el intercomunicador. “¿Por qué quiere que demos siete vueltas?”, le pregunta el piloto. “No sé, solamente me preguntó la fecha y me enseñó la bomba, la trae en un maletín”, le responde. “¿Es árabe?”, le pregunta el copiloto. “Pues, yo creo que sí”, dice la azafata, mirando fijamente hacia el pasillo. En ese momento los tres amigos que van a ver el partido de la selección mexicana, con la intención de ir más cómodos, se cambian de lugar y ocupan asientos cercanos al terrorista, le hacen plática. El terrorista saca algo de su regazo, la azafata soltera cree que es un arma y grita, algunos pasajeros despiertan, es una biblia. La azafata mira a los pasajeros, los pasajeros la miran, ella hace un esfuerzo y les sonríe. Música de sintetizador. Corte a: la oficina lujosa, todos, incluido el Presidente de la República miran el altavoz de un teléfono: “quiere, que el avión dé siete vueltas sobre la Ciudad de México, señor”, es la voz de alguien que está en la torre de control. “¿Sabemos por qué quiere que el avión dé siete vueltas?”, le pregunta el Presidente. “Negativo, el sospechoso se niega a dar más información, estamos revisando la lista de pasajeros, pero al parecer es árabe”, concluye. Todos en la oficina se miran. “Es un símbolo, está en el Corán”, dice uno de los presentes. “Código rojo”, susurra otro vestido de uniforme. Corte a: el avión volando entre las nubes. En el interior las azafatas están paradas junto al intercomunicador. “¿Cómo está la situación allá afuera, está tranquilo, no tiene intención de entrar a la cabina?”, les pregunta el piloto. “Pues ahorita se ven tranquilos, parece que están platicando”, le dice la azafata que salvó al niño. “Cualquier novedad por favor…” empieza a decir el piloto, pero luego se detiene. “¿Cuántos son?”, pregunta. “A mí me dijo que eran tres, pero yo veo a cuatro”, le dice la azafata comprometida. Corte a: el asiento del terrorista, tiene abierta la biblia y lee: “El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre lo vuelve a esconder, y de tanta alegría, vende todo lo que tiene para comprar ese campo…”, dos de los amigos lo escuchan aburridos y arrepentidos de haberse cambiado de lugar, el otro duerme ocupando dos asientos. “Me confirman que no tenemos ningún pasajero de nacionalidad árabe”, les dice el piloto a las azafatas, ellas se miran: “pues yo a uno le noté acento como sudamericano”, recuerda una de ellas. Corte a: un puesto de tacos, los taqueros tienen que trabajar rápidamente para surtir las comandas, algunos clientes mastican y otros sostienen su plato vacío en espera de la nueva remesa, un perro se acerca a olisquear un papel, una señora le da una patada lateral sin dejar de ver la pantalla del televisor que está sobre una mesa plegable, el perro chilla pero no se mueve hasta llevarse el papel en el hocico. En la pantalla vemos una cortinilla que dice: “Corte Informativo, Crisis Terrorista en México”, de fondo música marcial de tambores. En seguida entra el conductor de noticias que empieza diciendo: “y estás son las últimas noticias acerca del secuestro del avión de Aerohuitlacoche (por ponerle un nombre), vamos en vivo con nuestro compañero Alan Stavenhagüen que se encuentra en el aeropuerto de la ciudad de México. Aparece Alan Stavenhagüen con un micrófono. Detrás de él podemos notar que pasan filas de hombres armados con uniformes de la policía federal, también vemos pasar vehículos blindados, vehículos de emergencia y pipas de agua. “Qué tal Mauricio, nos encontramos aquí en el aeropuerto de la ciudad de México donde se ha desplegado un impresionante operativo para hacer frente a esta crisis que vive hoy el país, una crisis inédita en la historia de nuestra nación, y según el último reporte de la policía federal se trata de al menos ocho hombres armados con artefactos explosivos, al parecer de nacionalidad colombiana, los que han tomado este avión, te informo que ya se han desplegado en el aeropuerto varias unidades de la fuerza especial de la policía federal, incluso hay dos helicópteros que están en este momento sobrevolando el aeropuerto de la ciudad de México…”, la cámara sube y vemos a los helicópteros. Corte a: otra oficina lujosa donde otro tipo de uniforme militar da instrucciones a sus subalternos: es el jefe de los militares. De pronto, algo llama su atención, es su pantalla, mira el noticiero. La cámara se acerca a su rostro, el uniformado dice en voz baja: “¡qué está haciendo este pelmazo!”, agarra un teléfono marca un número y grita: “¡qué chingados está pasando, qué hacen estos pendejos!”. Corte a: el avión vuela entre las nubes. Junto al intercomunicador, el piloto ha tomado una decisión: “diles que no podemos dar siete vueltas porque no nos alcanza el combustible, que vamos a aterrizar”, la azafata se acerca al tipo de la bomba, le pregunta si está bien, si necesita algo, los dos amigos aprovechan para escapar a sus antiguos asientos, dejando a su compañero, el cual ronca. El terrorista se entera de que el avión aterrizará, hace una petición: quiere hablar con los medios de comunicación, y también con el Presidente. Mientras tanto, en una sala del aeropuerto se encuentra un grupo de personas, algunos visten de traje y otros son policías, por una puerta irrumpe otro grupo, son parte de las fuerzas especiales. El jefe ordena al personal del aeropuerto que despejen la pista de emergencia, dos tipos salen corriendo. “¡Que despejen la pista porque ya viene el avión con los terroristas!”, grita un hombre por un pasillo. Una familia que acaba de llegar de España se paraliza, la madre carga al niño y caminan apresurados. En el avión la pareja de recién casados recibe una llamada, contesta el marido: “¿cuáles terroristas?”, dice. En ese momento la azafata llega sonriendo a pedirle que apague su teléfono, la pareja la mira. Música de sintetizador. Abajo, cerca de la pista, un mar de reporteros, policías, bomberos y personas indeterminadas, esperan ansiosos junto a los vehículos de emergencia, uno de los helicópteros ya aterrizó. Los militares y los de la policía federal discuten. En el puesto de tacos un joven pide cuatro de bistec, “¿qué noticia están pasando en la tele?”, pregunta. “Unos colombianos que secuestraron un avión”, le responde el taquero. “¿Aquí en México?” dice el joven, “¿tú crees?”, le responde el taquero, “¡esos son del cártel!”, dice el joven. Corte a: La Oficina Oval en la Casa Blanca, el Presidente de los Estados Unidos se encuentra revisando unos papeles en su escritorio, se abre la puerta y entran dos tipos de traje escoltados por agentes del servicio secreto. “No son extremistas, señor presidente”, le dice uno de ellos, “son colombianos”. “Yo pienso que son del cártel”, dice el otro. El Presidente de los Estados Unidos los mira. Música de sintetizador. Corte a: la cabina del avión. El piloto apachurra un botón. “Serpa tres dos nueve, Aerohuitlacoche siete dos cuatro a ocho quinientos solicitando autorización”, dice por la radio. Corte a: interior torre de control, un tipo de diadema que está sentado frente a un radar se da la vuelta. “Van a aterrizar”, revela. Todos se miran. Música dramática. “Autorizado Aerohuitlacoche siete dos cuatro”, se escucha en la cabina. El piloto mira al copiloto, acercamiento a primer plano: “que dios nos ayude”, dice. Sigue la música dramática y vemos al Presidente en mangas de camisa de pie junto a la mesa de caoba, vemos al jefe de los militares que viaja en un jeep a toda velocidad, vemos a las azafatas sentadas colocándose el cinturón de seguridad, vemos a un coche de bomberos avanzando por la pista, vemos a los pasajeros, vemos a la mamá regañando al niño, vemos al diputado llevándose a la boca un frasco de antiácido, vemos al avión descendiendo. El avión aterriza, se despliegan los toboganes de emergencia, todo mundo contiene el aliento. Corte a: interior oficina lujosa, el Presidente escucha el altavoz: “no son colombianos, señor presidente, de hecho no es un grupo terrorista, sólo es una persona, un pastor boliviano”. “Y cómo sabemos eso”, le pregunta un colaborador del Presidente. “Porque el piloto ya está hablando con él”, le responde la voz desde el aparato. Música de sintetizador y corte a: El terrorista leyendo: “llegando a Jericó pasaba Jesús por la ciudad. Allí había un hombre llamado Zaqueo, era jefe de los cobradores de impuestos y muy rico…”. El piloto está frente a él, mira de reojo a la azafata comprometida, la azafata tiene un teléfono en la oreja, “está leyendo la biblia” susurra la azafata. La mayoría de los pasajeros no se dan cuenta de la situación y sacan sus equipajes de mano, sólo la pareja de recién casados mira con el rostro desencajado la escena al final del pasillo. “Ya están abajo los medios de comunicación, el presidente viene en camino, el avión está a su disposición, le están cargando combustible. Sólo le pido por favor que deje bajar a las mujeres y a los niños”, le suplica el piloto. El terrorista, rompe su concentración, dice: “Ah, sí, que bajen”, y sigue leyendo: “Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría…”, el piloto hace una seña y la azafata soltera pide a los pasajeros que bajen por los toboganes de emergencia, mujeres y niños primero, luego les da las gracias por viajar en Aerohuitlacoche. Los pasajeros miran por las ventanillas, ven los toboganes, ven los coches de bomberos, ven los coches blindados, ven las ambulancias, ven a los reporteros, ven a los policías agazapados, ven al helicóptero, ven al piloto al final del pasillo, ven al pastor leyendo la biblia, ven a la otra azafata con un celular en la oreja y empiezan a empujarse unos a otros antes de llegar a las escotillas. En el exterior del avión, policías disfrazados de personal de mantenimiento platican a gritos con el copiloto, que asoma medio cuerpo por una de las ventanillas de la cabina: “¿cuántos son?”, “varios”, “¿qué armas traen?”, “bombas”. Los policías federales acordonan la zona cercana al avión, los pasajeros empiezan a bajar por los toboganes, la mitad son recibidos por policías y la mitad por soldados, los que bajaron en el tobogán de los policías son tirados al piso, los que son recibidos por soldados son conducidos hasta un autobús estacionado cerca del avión. Jefes policiacos y militares discuten. Por el tobogán baja la tripulación, los reciben los policías, les ordenan tirarse al piso, pero no hacen caso y corren hasta el autobús. Los que están tirados protestan. En el interior del avión el pastor se ha concentrado tanto en su lectura que no se ha percatado de que el piloto ya se ha ido. Sin embargo quedan seis pasajeros rezagados a bordo, son el hombre jubilado, el norteamericano, el diputado, y los tres amigos que van a ver el partido de la selección mexicana. Corte a: exterior del avión, Alan Stavenhagüen corre delante de la cámara y va diciendo: “¡Van a entrar, Mauricio! ¡Van a tomar por asalto el avión!”, delante de él las fuerzas especiales avanzan rápidamente, suben la escalinata y entran en el avión. Corte a: interior del autobús, el niño juega con algo, la mamá observa lo que tiene en las manos. “¿Qué es eso?”, le pregunta arrebatándole el juguete. “No sé, lo traía el señor que venía atrás de nosotros”, le responde. Vemos la lata de jugo adornada con foquitos navideños. Música de sintetizador. Corte a: Interior del avión, hay alboroto, tropiezos y gritos de pánico, todo proviene de los policías, los pasajeros los miran tranquilos e intrigados. Les ordenan tirarse entre los asientos, los pasajeros obedecen a regañadientes. El Pastor es rodeado por cinco policías, lo miran. El Pastor los mira. “¿Dónde está la bomba?”, pregunta por fin un policía. “¿Ustedes leen la biblia?”, les contesta el pastor. “¡Tranquilo, sólo queremos saber dónde está la bomba!” “No hay bomba, eran latas de jugo, nomás que les puse unas lucecitas ahí en la sala de espera”, les dice el Pastor. Saca su maletín, lo abre. Los policías se tiran al piso, uno se levanta, ve dos latas de jugo con lucecitas. “¿Quiénes son tus cómplices”?, le pregunta el comandante de los policías recobrando la compostura. Detrás de él, otro policía empuja fuera de los asientos al diputado federal que viste camisa floreada y tiene pinta de colombiano. El diputado protesta, va a decir algo y lo callan. Corte a: Alan Stavenhagüen, que dice: “en este momento, Mauricio, están bajando a los terroristas, los están bajando del avión, aquí los podemos ver…”, la cámara hace un zoom y vemos caminando en fila y esposados a los tres amigos, al norteamericano, al jubilado, al diputado federal y al pastor boliviano. “Al parecer el sujeto que viene al final es el que traía la bomba…”. Los sospechosos son llevados hasta a un autobús de la policía. Conservando la formación los paran en el costado que da hacia la pista, frente a ellos pasan dos uniformados jalados por perros pastor alemán, la cámara del noticiero los sigue, se detienen a un costado del avión, junto a un montón de maletas. Los perros olfatean, al llegar a una maleta chillan y ladran. “Parece que los perros han encontrado algo en el equipaje de los pasajeros, Mauricio…”, dice Stavenhagüen. La maleta tiene bajado un cierre, se asoma un salchichón, un perro lo jala con el hocico y se lo come. Uno de los uniformados mira una etiqueta en la maleta, dice: JFK - New York, luego nota algo raro, es un estuche, hace una seña y se retira. A continuación entra un personaje vestido con overol, guantes y escafandra, es del escuadrón antibombas. Saca el estuche con cuidado y lo coloca en la pista, lejos del avión, lentamente empieza a abrir el estuche. El jefe militar y el jefe de la policía dejan de pelear, Alan Stavenhagüen aprieta el micrófono, una mujer sentada en el piso se lleva las manos a la boca, soldados y policías se paralizan: todos miran. De pronto: un estallido, todo mundo se estremece, algunos cierran los ojos, cuando los abren, el de la escafandra sigue abriendo el estuche, todos miran hacia el avión, un policía que seguía bajando el equipaje ha dejado caer una maleta, se disculpa levantando el pulgar. “¡Qué nadie se mueva!”, grita el jefe de la policía. El estuche guarda un artefacto desconocido. La cámara del noticiero hace un zoom al artefacto, el de la escafandra se acerca, lo empuja con un palito y sale corriendo, no pasa nada. El de la escafandra regresa, acechando como un felino, acerca su palito, da otro empujón y sale corriendo, no pasa nada. El norteamericano alcanza a ver todo, “no, no, it´s my hard disk”, grita, los policías lo callan. El de la escafandra empuja más fuerte con el palito, nada. El conductor del noticiero manda a comerciales. Los clientes del puesto de tacos lanzan imprecaciones por el corte. Al regresar vemos a Stavenhagüen: “Mauricio, el personal del escuadrón antibombas no quiere correr más riesgos y han decidido hacer estallar el artefacto…”, la cámara panea y vemos que el de la escafandra coloca un paquete junto al disco duro del norteamericano. Luego se aleja desenrollando un cable. Corte a: la parte lateral del autobús de la policía, close up a: cara de angustia del norteamericano. Corte a: manos enguantadas que apachurran un botón. Corte a: la cara del norteamericano. “¡Oh, my god! ¡My master degree!”, dice. Corte a: el disco duro volando en pedazos, todo lo anterior puede ir en cámara lenta. Música de victoria. Corte a: interior de la torre de control, todos se abrazan. Sigue la música de victoria. Corte a: El Presidente de la República dando un apretón de manos al jefe de la policía. Música de victoria. Corte a: el Presidente de los Estados Unidos felicitando vía telefónica al Presidente de la República, igual: música de victoria. Corte a: el piloto que camina seguido por las cámaras de televisión hacia el presidente de Aerohuitlacoche, el cual lo espera con un contrato en la mano. Música de victoria. Corte a: interior del autobús de los pasajeros, se abrazan unos a otros. Corte a: los siete sospechosos subiendo al autobús de la policía federal, todos lucen abatidos menos el pastor boliviano que saluda a los periodistas con una sonrisa lejana. Música de victoria. Corte a: interior del hangar de la policía federal. Es la conferencia de prensa. Policías federales con el rostro cubierto, presentan al terrorista, que ya sabemos, es un pastor boliviano. Frente a él, en una mesa, están asegurados su maletín y su biblia. “Por qué secuestró el avión”, le preguntan. Un policía le pasa un micrófono. “Sí, gracias”, le dice amablemente el Pastor. “Mire, hoy es nueve de septiembre del año dos mil nueve, ¿entiende?”, silencio. “Nueve, nueve, nueve”, aclara el Pastor. Flashes de cámaras y silencio. “Si pone de cabeza estos números, nos da el número seis, seis, seis, que está señalado en las escrituras cómo el día de la bestia, una fecha nefasta para este país”, concluye el pastor. “¿Y por qué secuestró el avión?”, pregunta de nuevo el periodista. Al llegar a este punto me encuentro en un dilema: ¿por qué un pastor boliviano secuestraría un avión? Podría ser para anunciar que tuvo una visión divina acerca de la inminencia de un terremoto de proporciones bíblicas, o quizás para llamar la atención de los medios y poder advertir al presidente de un atentado, o posiblemente para conminarnos a llevar una vida más espiritual, o nomás podría ser un desequilibrado mental, y cómo estás cuatro salidas no se contraponen probemos usarlas todas. Digamos que nuestro personaje primero anuncia un terremoto, luego advierte de un atentado contra el presidente, después nos invita a que nos acerquemos más a dios y por la noche, durante el noticiero, descubrimos que se han encontrado antiguos videos de él disparando un arma arriba de una canoa, disparándole a una moneda tirado de panza, y otros donde canta alabanzas religiosas acompañado por un grupo norteño. Por último lo vemos cantando en el interior de la camioneta de la policía federal antes de salir rumbo al penal. El problema con este argumento es que, como ya se habrán dado cuenta, está basado en algo muy conocido, que es el cine gringo de terroristas y aviones, esto es una fórmula probada en Hollywood, sin embargo, ya que la intención es la de hacer una película mexicana, la trama debe transcurrir en México y por lo tanto estar hasta cierto punto desligada de los atavismos del cine gringo, como habrán notado no hay un héroe ni tampoco una bomba. Lo anterior trae una consecuencia funesta: la cosa se queda en un híbrido sin pies ni cabeza. Al releerlo me doy cuenta de que los personajes que de inicio me parecían cercanos y creíbles, puestos en este escenario me parecen caricaturescos, lo que resta verosimilitud a la historia, en lugar de suspenso y drama parece haber humor involuntario, y por supuesto nadie creería que algo así pudiera suceder en nuestro país. Pero quizás haya una manera de remediar la situación, y esa es de plano asumir el argumento dentro de los terrenos de la comedia, la cosa podría terminar con el piloto y el jefe de la policía en el noticiero de Mauricio y Alan Stavenhagüen describiendo parte de la estrategia conjunta utilizada para hacer frente a la crisis, al mismo tiempo, en el noticiero de la cadena televisiva rival, el jefe de la torre de control y el jefe de los militares narran situaciones que contradicen por completo las versiones del otro noticiero. Podríamos meter también, usando el tono documental, una entrevista donde el diputado federal se queja del trato que sufrió y de que le robaron su sombrero. Y como epílogo: plano general de tres hombres en la mesa de un bar de mala muerte. “Vamos a cancelar el atentado contra el presidente, ¡no sé cómo se enteró ese pastor boliviano!”, dice uno. “Y qué vamos a hacer ahora, jefe”, le pregunta otro. “Nos regresamos a Colombia y desmantelamos el cártel, espero que todavía esté en venta esa tienda de abarrotes”. Los tres hombres se quedan pensativos. Corte a: un grupo norteño que se sube a una tarima, empiezan a tocar, entra al escenario el pastor boliviano, el público lo ovaciona, en la toma abierta descubrimos que el público son reos y el escenario está en una cárcel. “Yo era un drogadicto, el peor de los criminales, pero encontré la luz…” empieza a cantar el pastor, el publico grita emocionado. Fade Out a: créditos. Happy Ending.

LA PUERTA MISTERIOSA

El otro día iba yo a comprar una Coca Cola para desayunar, cuando unos metros antes de llegar a la tienda vi una hoja de papel pegada en la puerta de una casa, la hoja tenía un mensaje, sin detenerme pensé en un aviso: “Se venden hielitos de arroz con leche, toque por favor”, o en un recado: “Salimos a Pachuca, en cuanto regresemos paso a pagar los abonos”. Cuando venía de regreso noté que la casa tenía en su fachada un clavo, del cual pendían encendidos tres focos, uno rojo y dos azules. Me detuve a leer el papel y decía lo siguiente: “Los topógrafos que se perdieron en Villa Vieja no eran topógrafos de lo contrario no se hubieran perdido”, y más abajo: “La zapatería cerró por las orgías, tiene 4 años que cerró”. Me terminé los huevos con jamón y seguía pensando en esos pobres topógrafos, me los imaginaba caminando por un terraplén con el sol a plomo y recriminándose mutuamente: “te dije que esos lugareños no eran de confianza”, “¡pero si fuiste tú el que les pidió aventón!” O bien diciendo: “¡yo lo que ya no aguanto es la cruda!”. Después pensé que efectivamente no eran topógrafos ni se habían perdido, entonces los vi en una cantina, estaban felices, contaban dinero y uno le decía al otro: “¿ahora qué pueblo sigue?” La medida me pareció bastante inteligente, porque sinceramente a mí antes me llegaban dos tipos de botas antiderrapantes, con dos rollos de hilo y un tripié y les pagaba por adelantado sin pedir las acreditaciones. Lo que me sí me tenía intrigado era el segundo mensaje, de primera mano parecía un reproche, posiblemente antes eso era una zapatería en bonanza hasta que al dueño se le ocurrió contratar a una dependienta, la cual resultó ser una ninfómana que organizaba reuniones cada vez que el dueño salía. Pero ¿cómo se dieron cuenta que ahí se organizaban orgías? ¿Quién se dio cuenta? ¿El dueño? Supongo que no hubiera cerrado la zapatería sino corrido a la ninfómana, en caso de que fuera religioso, o quizás no era religioso y simplemente lo que le dio coraje es nunca haber sido invitado a las orgías, esto tampoco explica el cierre, entonces ¿quién fue el culpable de cerrar la zapatería? ¿Los vecinos? “¡Nuestra colonia era muy tranquila hasta que abrió esa zapatería, ahora no se puede ni salir a la calle!”, comentarían las señoras en los puestos de fritangas. O quizás tendría que ver con algún policía infiltrado, lo cual ya es ir muy lejos porque en este país los policías infiltrados no cierran negocios turbios sin antes explotarlos el mayor número de años posible, o sea que en este caso el resultado habría sido una nueva cadena de zapaterías clandestinas. Ya entrados en este tipo de suposiciones podría ser también todo lo contrario, es decir, que el dueño fuera un cínico: la zapatería cerró hace cuatro años porque no era negocio y en lugar de eso ahora aquí se hacen orgías. La tesis anterior embonaría mejor con la última parte del mensaje, porque yo nunca he visto en la fachada de un negocio un letrero que diga: ¡cerramos hace cuatro años!, esto sería una información a destiempo y por lo tanto inútil, en cambio si alguien lleva cuatro años organizando orgías debe ser un verdadero profesional. A la hora de la comida decidí ir otra vez a la tienda, me llevé una sorpresa, había nuevos mensajes: “Martha y Lucía vendieron su globo rojo, cuando el sendero es fuerte no se los enseñes”, y más abajo: “Si vas a salir al zócalo el día de Santa Eufrosina, ten cuidado con el pasto”, los foquitos parpadeaban, yo me sentí en el Oráculo de Delfos. Por la noche salí con mi mujer a comer hamburguesas y no resistí las ganas de preguntar acerca de la puerta misteriosa. La señora sonrió y nos contó la historia de un señor un esquizofrénico, “a veces sale a pasear desnudo por la calle, pero no es agresivo”, nos dijo y cambió de tema. ¡Claro!, eso lo explicaba todo. La siguiente vez que vi a la señora de las hamburguesas le pregunté quienes eran Martha y Lucía, y ella respondió: unas niñas que vivían antes por aquí. Ahora lo que necesito es un calendario con santoral, mientras tanto si tengo que pasar por el zócalo procuro no acercarme a las jardineras.

Thursday, March 05, 2009

LA TÉCNICA ALEXANDER

Hace algunos días a mi correo electrónico llegó el siguiente mensaje:

Taller de Técnica Alexander
En Cuernavaca, Mexico

¿Te gustaría pasar un agradable domingo en Cuernavaca, aprendiendo Técnica Alexander a la sombra de un árbol?

El domingo 15 de febrero, Rodrigo Perez (Maestro de técnica Alexander, y chelista, residente en Mexico) y Norma López (maestra de Técnica Alexander y actriz, residente en Viena) impartiremos un taller grupal de Técnica Alexander en el norte de Cuernavaca. El taller está dedicado tanto a principiantes como a alumnos con experiencia de la T.A . Combinaremos la atención individual con dinámicas grupales. Aplicaremos la Técnica en actividades como jugar a la pelota, caminar (nadar sólo los valientes, porque la alberca todavía está fría en febrero), la voz, la presencia en el escenario (optativo), juegos grupales y lo que tú quieras. Si tienes algún amigo o familiar quieres introducir a la Técnica Alexander, esta es una buena oportunidad para animarlo.

Comeremos todos juntos en el bonito jardín. Tendrás la oportunidad de platicar con otras personas que también están aprendiendo la Técnica Alexander.

Si tienes niños tráelos. Alejandra, quien es cuenta-cuentos, hará actividades con los niños. Si vienes del D.F y no tienes coche podemos buscar quién te dé aventón.

Fecha: 15 de febrero
Horario: 10:00am – 6:00pm
Lugar: Privada de los compadres # 12
Cupo máximo: 10 personas
Costo: $650 ($500 con descuento de estudiante). Puedes reservar tu lugar con el 50%

Cuando leí lo anterior llegué a la conclusión de que la Técnica Alexander no servía para mejorar la capacidad de redacción, ni tampoco la capacidad de concentración, puesto que el mensaje (a pesar de ser un envío masivo destinado a gente con frustraciones diversas) nunca explica en qué consiste la Técnica Alexander. Me intrigó el hecho de que algo que cuesta seiscientos cincuenta pesos se pudiera devengar bajo la sombra de un árbol. Me imaginé a diez viejitos extranjeros sentados en las raíces de un amate, escuchando atentamente las instrucciones, o recibiendo algún tipo de masaje que preparase el cuerpo para aplicar la técnica. Me los imaginé viejitos porque por lo general en estos tiempos la gente joven anda demasiado ocupada, y me los imaginé extranjeros porque no sé de ningún paisano que pague por estar bajo un árbol, jugar a la pelota, caminar, meterse a nadar en agua fría o hacer lo que se le de la gana, en cambio en el Pueblote he visto turistas pagando por cosas que si me las regalaran las tiraría a la basura. Si tocamos el punto de la comida en el bonito jardín, tampoco eso es un gancho efectivo de mercado, a menos que la cosa incluya langosta termidor y una botella de whisky, puesto que en el Pueblote afortunadamente todavía abundan los bonitos jardines, yo como a diario en un bonito jardín una muy buena comida corrida de 40 pesos, y respecto a eso de tener la oportunidad de platicar con otras personas que también estén aprendiendo la Técnica Alexander, la cosa es obvia, a menos que la técnica Alexander consista en pegarse los labios con cinta adhesiva y luego ponerse a jugar a la pelota, caminar, nadar, sólo los valientes…etc., en tal caso supongo que de cuando en cuando el instructor y su ayudante formarían dos filas, una frente a la otra, las recorrerían por el interior quitando la cintas adhesivas y al llegar al final se darían la vuelta y el instructor gritaría: ora sí, tienen la oportunidad de platicar durante diez minutos, entonces uno podría intercambiar opiniones de vida con sus compañeros, yo por ejemplo les preguntaría como es que han hecho su fortuna y luego trataría de venderles tierra para composta. Cuando llegué al párrafo final, ya estaba haciendo yo suposiciones muy aventuradas, me imaginé una escena como de película: vemos a una pareja con maletas esperando en el paradero de la caseta a Cuernavaca, junto a ellos un niño y una niña se disputan la propiedad de una mandarina. “¡agarra a a Lupita, la va a atropellar un coche!” dice la señora, “Te dije que los pasáramos a dejar con tu mamá, la Técnica Alexander no es para niños”, le responde el malhumorado señor, intentando sujetar a Lupita por el antebrazo, “pero va a estar Alejandra la cuenta cuentos, quien no contará cuentos, pero hará actividades con ellos”, le refuta la señora, entonces la toma se abre y vemos a un tipo de traje gris parado al filo de la carretera con el brazo extendido y el pulgar levantado, un coche pasa sin detenerse, el hombre lo sigue con la mirada, luego voltea hacia a la pareja, les sonríe ampliamente y grita: “no se preocupen, en el siguiente nos vamos”. El tipo lleva un gafete que dice: “Taller de Técnica Alexander, Cuernavaca, México. Tito Gonzalez. Conseguidor de Aventones”. Finalmente para aquel que crea que tengo dos dedos de frente por haber llegado a este punto sin abrir la página de Google y buscar en que consiste la técnica Alexander, tengo que decirle que lo más ilustrativo que encontré fue lo siguiente: “La Técnica Alexander es un método de reeducación corporal que nos ayuda a detectar y reducir el exceso de tensión que muchas veces no detectamos, pero que origina muchos de los problemas de dolor, postura, equilibrio y rigidez del cuerpo”. Lo anterior me llevó a pensar en un mejoramiento de la técnica en distintos aspectos, próximamente yo mismo impartiré el curso, que por supuesto tendrá un costo menor, no se admiten abstemios, tampoco niños, sólo para gente de Cuernavaca o fuereños con coche, informes con un servidor.