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Monday, January 18, 2016

Sobre la muerte de Lalo Tex.

Es muy triste la noticia de la muerte de Lalo Tex, no sólo para el alicaído rock nacional, sino para nuestra música en general. Lalo Tex es uno de esos personajes que resultan entrañables, por su talento y porque nunca levantó barreras entre su música y su público. El muñeco fue un poeta del pueblo, de la raza, un retratista de las penas de la cantina; de la soledad de las drogas en las banquetas; de los personajes peculiares de la vecindad; de la impotencia del desamor causado por no dar el nivel; de la frustración de no haber nacido gente bien. Un vocero de los outsiders del barrio, pero sin resentimientos ni reclamos lastimeros. No se trata aquí de mentar madres al sistema ¿para qué más mentadas a oídos tan acostumbrados y sordos?, tampoco se trata de hundirse en las penas, de inmolarse por el amor abandonado en medio de las botellas, como hizo José Alfredo, sino de reírse de sí mismo al borde del precipicio. Acompañante urbano de Rockdrigo González, pero desde algún ejido de Texcoco, Lalo Tex es quizás junto con Julio Haro y Chava Flores, uno de los músicos que mejor ha sabido manejar los hilos del humor y de la sátira, más aún: del autoescarnio. Burlarse de la propia imagen, de la propia fealdad, de la desgracia personal, de la pobreza que propició el abandono del ser amado, es un rasgo casi inaudito en el artista nacional acostumbrado al anhelo del Olimpo farandulero de las luces, el maquillaje y las cámaras; pero es también un deslinde, una declaración de principios: somos feos, pobres y abandonados, pero cábulas! Los cábulas entienden que no se trata de morir en el sentido estricto, sino de morirse sólo un poco, de sufrir riendo de uno mismo a falta de algo mejor, pero soltando una última broma como epitafio pasajero. Ya no quiero que regreses, ¡nomás quiero que me devuelvas el televisor! Es el reclamo del cábula abandonado. ¡Somos tan feos que resultamos guapos! ¡Somos los muñecos del rock! Que puede hacer uno como público sino subirse en ese mismo barco donde las penas con rock son menos. “No hacemos rock urbano, hacemos rock ejidal”, decían los muñecos en el programa de Paco Stanley. “Y en la compra del disco les vamos a regalar un elote”, les completó el conductor, que también sabía del humor. A veces rock, a veces ska, a veces reggae, a veces corrido, a veces blues, a veces un poco de todo, ese es el rock ejidal de Tex Tex. Todo interpretado por los tres elementos, a veces hermanos, a veces primos, con Lalo Tex cantando y tocando la guitarra con la solvencia de un Cerati poco reconocido por la pedantería de los rockstars mexicanos, de los hipstercillos tecnologizados y de los críticos atentos a las más nuevas y oscuras modas internacionales. Calada la tejana negra, con botas de tacón cubano y camisas a la última moda del tianguis de Chiconcuac, el atuendo de Lalo Tex se situaba más cerca de la música grupera que de Bo Diddley, las bromas a su parecido con José Guadalupe Esparza, celebradas en el escenario con alguna estrofa de Bronco, tampoco eran gratuitas, la imaginación del muñeco no escondía sus referencias. El carisma, igual que la belleza, está relacionado con la honestidad, los muñecos eran guapos por honestos, si el lugar del concierto era pequeño preferían esperar en una combi blanca que pasar a un camerino marginal, no usaban la sencillez como moneda de cambio, eran humildes porque lo demás era incómodo, estaban arriba tocando, pero abajo, uno se imaginaba conviviendo con ellos en un expendio de caguamas. Última trinchera de las penas callejeras, el rock urbano ha perdido a uno de sus más talentosos elementos, pero hay que insistir, no sólo el rock urbano, sino la música de este país. Ojalá que aquellos que no han escuchado su música se acerquen a ella, ojalá que el rock nacional a secas pueda recapacitar y recuperar algo de la magia del rock ejidal que nos dejaron los muñecos, ojalá la escena reconozca a Lalo Tex como lo reconocemos nosotros, los que bailamos, brincamos y gritamos sus canciones en estadios, bares, deportivos y auditorios. ¡Hasta siempre Lalo Tex!

Saturday, December 19, 2015

Reparadores de cosas

           Reparar cosas ha caído en desuso, la industria de lo desechable abarca ya desde los enseres domésticos hasta la fabricación de autos. El afilador de cuchillos que anteriormente daba colorido a las calles con su silbato, es hoy un personaje tan mitológico como el unicornio. Si algo se descompone se reemplaza, una computadora, una mochila, una relación amorosa, etc. Sin embargo hay gente que aún se llega a encariñar con sus cosas y las lleva a reparar. 
          Desgraciadamente yo soy una de esas personas. Por supuesto la miseria ejerció un papel importante en esta condición, pero además está el hecho de que me cuesta un enorme trabajo elegir a la hora de comprar, lo que me gusta ya no se vende y cuando se vende no tengo dinero, así que termino gastando mis pesos en cosas etéreas y remendando lo que traigo puesto. Con esta intención tomé unas botas que tenían la suela gastada y las llevé al taller de reparación de calzado. Una vez ahí me dijeron que podían hacer el trabajo pero la dejarían con otro tipo de tacón. Como me gustan los tacones de mis botas decidí probar suerte en los demás talleres que había en la calle. En el segundo negocio me dijeron que podían fabricar una suela y un tacón del mismo tipo en madera, pero me costaría el doble. En el tercero me dijeron que sí podían hacerlo y poner el mismo tipo de tacón sin costo extra ni fabricación especial. Cómo sé que a veces suceden malos entendidos le repetí a la esposa del maestro reparador lo que me había dicho, pero a modo de pregunta: “¿Pueden poner el mismo tipo de tacón que trae la bota…etc.?” Me contestó que sí, que regresara el martes. Dejé el anticipo y regresé el martes. “No están listas sus botas porque no había del mismo tacón”. Me dijo la señora y me enseñó mis botas sin suelas. “Pero podemos ponerle estas”. Entonces me mostró las mismas suelas que me habían ofrecido en el primer taller con los mismos tacones que no me gustaban. Pensé en hacer lo que dicta el sentido común en este país y aceptar con resignación las suelas y tacones deformes. Pero un espíritu combativo se apoderó de mí y exigí una explicación de lo sucedido. “No había tacones como esos”, me repitió.
-Pero yo le pregunté si había y usted me dijo que sí.
-¡Y yo cómo voy a saber si hay!
- ¡Porque es su trabajo, oiga!
            Estuvimos un rato discutiendo quién había tenido la culpa hasta que llegó un joven ayudante y dijo: “le podemos hacer una suela y un tacón en madera igual al que trae, pero le va a costar más caro”. Cómo ya había dejado la mitad del dinero como anticipo y yo no sé poner suelas, acepté. Me salió más caro que en el segundo taller. Al salir de ahí todavía pude escuchar la indignación del maestro reparador: “¡Dile que si no le gusta le ponemos de nuevo la suela que traía y asunto arreglado!”
            El segundo ejemplo de las penurias de llevar a reparar cosas me pasó cuando me di cuenta de que un eliminador de corriente de un aparato que uso se había estropeado. Debo decir que ya se había estropeado antes y que cuando fui a comprar uno nuevo no lo tenían, por lo que me ofrecieron soldarlo. Lo hicieron y funcionó por dos años. Pues lo volví a llevar al mismo lugar con la intención de que lo soldaran otra vez. Lo soldaron e incluso sustituyeron el tubito de la conexión con uno plastificado para protegerlo de nuevos percances. Llegué muy contento a casa, conecté el eliminador al enchufe y cuando quise conectar el cable al aparato la conexión no entró. El calibre de la nueva conexión era más grueso.

            Por último llevé a reparar mis gafas oscuras modelo aviador que compré hace más de diez años. Son imitación de una marca muy famosa y me costaron lo que valen un par de refrescos, pero me gustan. Se les había desprendido una patita que yo traía conmigo, sólo faltaba el tornillo. Sin embargo para el taller de óptica ponérsela era una tarea casi imposible por varias razones. La primera es que se le tenían que cambiar a fuerzas las patitas, la segunda es que ya no había de esas patitas y había que traer unas similares de la capital, y la tercera es que no sabían qué tipo de resultado se iba a obtener con eso ni tenían referencias de las patitas que iban a mandar traer. Además iban a salir tan caras como el viaje a la capital más el costo de las patitas y la mano de obra. Guardé mis gafas en la mochila y me olvidé de ellas hasta un día en que en la calle Madero, a unos pasos de la Plaza de la Constitución, un tipo gritó que se reparaban lentes. Le dije que yo tenía unos que quería reparar. Se acercó mirando a todos lados como si hubiera yo dicho que quería comprarle metanfetaminas y me condujo rápidamente al interior de un edificio, una vez ahí y mientras esperábamos al elevador le mostré mis gafas y le pregunté si tenían de ese tipo de patitas. Me dijo que sí. Subimos, llegamos a una óptica llena de gente, le explicó al técnico en qué consistía el trabajo y luego salió apresuradamente del cuarto. Me acerqué al mostrador y pregunté si tenían las patitas de ese modelo, me dijeron que sí. Esperé en un sillón, me llamaron, me dieron mis lentes con unas patitas distintas, pagué, recogí mis gafas y mis patitas usadas, guardé todo en la mochila y salí de ahí.

Tuesday, February 10, 2015

Estéticas.

      En los tiempos en que yo era niño, cuando estaban a punto de terminar las vacaciones de verano y había que empezar con los preparativos para el regreso a clases, uno de éstos era cortarme el cabello. Llegaba yo con mi padre a una peluquería, saludábamos al peluquero y esperábamos; mi padre leyendo el diario deportivo y yo mirando la televisión. Luego me sentaba en un cajón de madera que ponían sobre la silla y me cortaban el pelo como deben traerlo los niños de la primaria. Los hombres íbamos a las peluquerías y las mujeres al salón de belleza. La niñas desconozco a dónde iban.
      Pasó el tiempo y a algún visionario empresarial se le ocurrió que el salón de belleza y la peluquería podrían estar en un mismo lugar, así que rentó un local, puso las secadoras de cabello, las palanganas para la manicura y las sillas de peluquería; pero ya no los diarios deportivos ni los cilindros de espirales azules y rojos. En lugar de eso compró vitrinas y las llenó con champús; luego subió los precios y colocó un letrero en la entrada que decía: "Estética unisex". Como toda innovación quizás al principio fue un concepto incomprendido, pues finalmente cortarse el cabello era uno de los pocos momentos que el matrimonio tenía para relajarse y descansar uno del otro, pero el capitalismo, que no se detiene en consideraciones humanitarias, pronto encontró la solución: contratar estilistas, quienes ya para entonces estaban egresando de las flamantes academias armados con ideas de vanguardia. Esto con el tiempo fue un exitazo, pero como toda revolución, trajo como consecuencia una serie de desencantos que hasta la fecha no paran. El primero fue que las peluquerías que sobrevivieron se fueron transformando en recintos solemnes pero anacrónicos y con atmósfera melancólica. Los peluqueros se hicieron viejos, los clientes que ya eran viejos se hicieron más viejos, los rastrillos desechables jubilaron a los barberos y los niños adquirieron derechos, se revelaron y se largaron con sus hermanas mayores a las estéticas. Hoy nomás se animan a entrar a una peluquería aquellos que tengan ganas de platicar del Zacatepec del Harapos Morales.
      Pero en las estéticas, a pesar de lo que se cree, no todo es felicidad, porque ante el éxito del concepto vino la competencia feroz. Se rentaron locales más grandes, se instalaron espejos de foquitos de camerino, se ofrecieron servicios más especializados y posmodernos como uñas con figuras, luces color morado (antes llamados rayitos), manicura y faciales para hombres, etc., los estilistas que no eran gays tuvieron que fingir serlo so pena de ser desterrados a las peluquerías; los precios subieron más y las estéticas que se fueron quedando rezagadas por no poder ofrecer la infraestructura de la exclusividad, se transformaron en estéticas unisex de clase B, que son un limbo entre las peluquerías y las estéticas de las plazas comerciales.
      Estas estéticas que son más modestas en sus servicios (y que llevan por nombre "Lupita", "Teresa" o como se llame la dueña) son por lo mismo más accesibles para el varón acomplejado que no quiere que algún conocido lo salude a través del cristal mientras está sentado en medio de señoras con papel aluminio en la cabeza. A una de esas es a donde fui hoy a cortarme el cabello, por cuestiones que no vienen al caso, y con los resultados de siempre.
      Hacía cinco años que no me cortaban el cabello, porque durante ese tiempo me lo corté yo por dos razones, la primera es que me di cuenta de que cortar mi cabello no tiene ningún chiste, pues se esponja en mechones que pueden ser eliminados a discreción con unas tijeras vulgares dejándome un aspecto intelectual y distinguido como el de Juan José Arreola. Y la segunda es porque luego de abandonar las peluquerías donde no había otra cosa que el casquete corto, descubrí que padezco una imposibilidad irrevocable para establecer comunicación con las estilistas. Al principio pensé que era porque en las estéticas se usaba un argot peculiar y juguetón que variaba cada cierto tiempo y que yo desconocía, que si por ejemplo decía yo "despunte", significaba en ese momento histórico de la moda cortar tres cuartas partes y dejar unas puntitas de dos centímetros, o que si decía: "con patillas" estaba en realidad dando la orden de rasurar las patillas, o que "corto" significaba a la mullet y pedir a la mullet era quedar con un mohicano, etc. Pero el hecho es que hace un tiempo me sucedió lo siguiente: había quedado de verme con una amiga y ella se había retrasado en la estética, así que hasta ahí llegué yo a ver revistas. Mientras la esperaba ella me sugirió: "¿Por qué no aprovechas y te cortas el pelo?" Yo pensé que no quería cortarme el cabello, pero atendí a la indirecta y contesté que sí, que era buena idea. Entonces cuando la estilista me dijo: "¿Cómo lo vamos a querer?" Se me ocurrió pedirle una de las revistas donde venían fotos como de archivos policiacos, de frente, perfil y tres cuartos, nomás que de gente más atractiva. Le señalé el corte menos extravagante y laborioso a la estilista, luego ella me miró con una sonrisa como de capitán de meseros que aprueba el buen gusto del cliente en la elección del vino, me puso el babero, apretó las jaretas, mojó el cabello y empezó a cortar. Debo aclarar que una vez que la estilista hace eso por alguna razón me quedo mudo, así que goza de total impunidad. Al final ni mi cabello ni yo nos parecíamos en absoluto al joven apuesto de la revista. Otra cosa que no sé cómo responder es cuando preguntan: "¿Quiere que le seque el cabello con la secadora o lo quiere húmedo? ¿Qué tan húmedo? ¿va a querer que le aplique alguna cera?".


Imagen del maestro Juan José Arreola.

Wednesday, February 22, 2012

De nombres de perros


En los tiempos en que mi abuela era una mujer madura, era muy mal visto ponerle nombre de persona a un perro. El perro de mi abuela se llamaba el trapo, luego vino el pillín y después la paloma, (solovino y firulais ya estaban en desuso desde entonces). En la ciudad los perros se llamaban: pinto, pirata o muñeca. La gente era gente y los perros eran perros. Hoy en día las tendencias se inclinan por nombrar a los perros como se nombran a las personas: felipe, martín, martha, olga; y ya casi nadie se ofende porque un perro sea su tocayo. Pero más allá de herir susceptibilidades, esto puede traer algunas consecuencias desagradables, por ejemplo aquel que durante una fiesta grita: “Martín, deja eso! Y luego aclara: no tú no, le hablo al perro, tú estás bien, salud!” O la señora que en la fila del banco comenta en voz alta: “Ya no sé que hacer con Martha, se volvió a meter al baño y se tragó unos papeles!” O peor aún: aquel que corre por la banqueta y cuando un vecino le pregunta qué le preocupa le contesta: “dejé la puerta abierta, se salió Felipe a la calle y no lo encuentro, tiene tres años y es de pelo cafecito!” Acto seguido el vecino saca su teléfono y le llama a una patrulla. Además de estos incidentes, que los perros tengan nombres de personas ha traído como consecuencia una especie de transfiguración colectiva, que ha sido rápidamente aprovechada por los tiburones de la mercadotecnia para inundar el mercado con productos surrealistas para perros humanizados. Así, hoy podemos encontrar champús vitaminados, juguetes desestresantes, suéteres de cuello de tortuga; y en el ramo de los servicios: estéticas de lujo, spas y hoteles para perros. Mi perrita Candy por ejemplo come croquetas balanceadas en grasa y nutrientes y yo como tacos de diez pesos. No sé si todo esto sea otra influencia de la cultura norteamericana, donde los hijos abandonan el nido apenas aprenden a manejar, y los padres compran perros para sustituir a los hijos que se están emborrachando en la escuela, o sea producto de la planificación familiar, o ambas cosas. Lo cierto es que estamos malcriando a nuestras mascotas. Yo por más que tato de seguir los consejos del Encantador de Perros (la máxima del programa es: hay que educar a los dueños) no puedo evitar caer en la manipulación y termino subiendo a Candy al sofá. Quizás en algún futuro cercano los perros empiecen también a gozar del linaje humano adoptando los apellidos de los dueños. Así, podremos escuchar cosas como: “La señorita Slim viene por estética, baño, corte de uñas y vacuna antipulgas. Atiéndanla bien por favor”, o quizás la voz del señor que llega del trabajo y pregunta: “Ya le dieron sus croquetas a juan Nepomuceno Silva-Herzog?” 

Monday, May 31, 2010

EL ENCUBRIMIENTO PEDAGÓGICO.

Si nuestros ancestros, hace cinco siglos, en lugar de confundir a los españoles con dioses, los hubieran tomado por extraterrestres, quizás no estaríamos como estamos, porque a fin de cuentas aquellos hombres barbados venían de un lugar que estaba fuera del mundo, que en ese momento histórico terminaba en las playas del golfo y del pacífico, pero no tenían capacidades sobre humanas. Al poco tiempo, los invasores empezaron a llevarse el oro y a las princesas nativas, y fue entonces cuando los aztecas se dieron cuenta del error, pero ya era demasiado tarde y esta equivocación se convirtió en un tabú. Este pecado original ha dado origen a una peculiar característica de nuestra cultura: El Encubrimiento Pedagógico. El cual consiste en que una vez que un personaje ha sido ungido como prócer (ya sea por el hecho de cargar una piedra en la espalda y quemar una puerta con una antorcha o soltar un cañonazo y derribar otra), es deber patrio conservarlo como imagen inmaculada para el resto de los días. Esto da como consecuencia lógica una lucha entre la historia y el estado, es por eso que prácticamente ningún mexicano en edad escolar entiende por qué si nuestros héroes era buenos, andaban peleados unos con otros (los villanos están mejor definidos). Así pues, la vida de nuestros héroes vista desde el enfoque oficial es vida de santo, y de santo brillante además. En los terrenos de la historia, en lugar observar el error y asumirlo, hemos sido educados para transfigurarlo y obtener de él un ejemplo de lucha, motivo por el cual no hemos podido avanzar como sociedad. Lo anterior lo comento porque se avecina el mundial de futbol y vienen a mi cabeza recuerdos de nuestros cronistas deportivos soltando frases como: tuvimos una participación decorosa, mostraron el carácter, o: los penales son un auténtico volado. Personalmente, nunca he creído que aquellas derrotas contra Alemania y posteriormente contra Bulgaria (ambas traumáticas para mi generación), hubieran sido producto de un insondable mecanismo del destino, porque para empezar se trataba de un partido de futbol, no de una cita entre dos equipos para tirar penales. No tuvimos la capacidad técnica para ganarles en la cancha, y tampoco para ganarles en la tanda de penales (varios ni siquiera tuvieron dirección de portería), si mostraron el carácter o la participación fue decorosa son consideraciones ante las cuales cada quién pone su rasero, pero de que no tuvieron la técnica, ni la preparación mental, de eso no me queda duda. Sin embargo, luego de ochenta años de participaciones mundialistas, nuestra táctica sigue siendo prácticamente la misma: echarle todas las ganas, morirnos en la cancha (y eso es lo que hacemos), o cómo decía Javier Aguirre en su primera etapa: salir y poner en el partido los arrestos necesarios (ahora ya dice güevos en lugar de arrestos). Estas declaraciones de primera mano no suenan mal, pero dan como resultado que nuestros jugadores se la pasen corriendo detrás de la pelota, y que cuando por fin la tienen vuelvan a correr hasta chocar contra algo, y luego le tiren una patada a eso contra lo que chocaron, y luego le reclamen al árbitro, y luego increpen al rival que está tirado sobándose el tobillo, todo esto es lo que al parecer se entiende como echarle ganas, morirse en la cancha, y tener arrestos. Javier Aguirre no se ha dado cuenta de que tiene en las manos una generación valiosa, pero además parece no observar que los ingleses, los holandeses, los alemanes, y en general todos los países que participarán en calidad de Potencia, son más altos, más fuertes, y que provienen de ligas cuyo nivel de competencia es muy superior a la nuestra. Si yo fuera Aguirre me detendría un momento, y buscaría echar mano de la experiencia que tienen varios de nuestros jugadores en estas ligas europeas, evitando mandarlos a morirse en la cancha. Habría que elaborar una estrategia que al menos diera como resultado un mayor porcentaje de tiros al arco rival, porque eso de mantener la posesión del balón no sirve para nada. Es muy difícil decir que vamos a ser campeones del mundo, como es difícil decir lo contrario, sean quienes sean los que nos representen. La esperanza es intrínseca al sentido de pertenencia: creo porque de alguna manera formo parte, aunque a veces uno ya no quisiera. Y es en esos momentos de lucidez que me pregunto: ¿cómo será esta vez? ¿Con otro golazo en tiempo extra?, ¿un descuido defensivo? ¡En penales! “Así no duele”, comentó Valdano cuando Holanda echó a Argentina con aquel pase de De Boer a Dennis Bergkamp, pero sí dolía, siempre duele, sólo que duele menos cuando se ha jugado a algo. Ojalá no sigamos cometiendo los mismos errores, al menos tendríamos que cometer otros, si nos toca jugar contra Francia, Inglaterra, o Alemania tenemos que darnos cuenta de que no son dioses, son simplemente extraterrestres.

Monday, May 17, 2010

REMI

Hace unos días, una mujer de mi edad relataba algo que le había ocurrido recientemente, no recuerdo que era, pero sí recuerdo que usó la siguiente expresión: “…Y yo así ya con el ojito de Remi, me le quedé mirando…”. Yo que hasta ese momento estaba pensando que no tenía calcetines limpios, solté una carcajada solidaria, la cual no fue secundada por el resto de los interlocutores, la mayoría más jóvenes. Esto me ha llevado a pensar en la validez de usar expresiones provenientes de referencias que hoy en día parecen insondables, pero que de alguna manera han seguido en la mente de una generación anacrónica, la mía. Para analizar el punto es necesario analizar la fuente. No tengo el documento a la mano, sé que venden la serie completa afuera de algunas estaciones del metro, pero como no había pensado en hacer un análisis del caso hasta hoy, lo haré confiando en los alcances de mi memoria. Remi es la historia de un niño francés que vivía en la aldea de Shavanof o Shavanov (debido a que no estoy seguro de los nombres ni conozco el francés, usaré el sistema fonético para referirme a ellos tal y como los recuerdo). Su entorno familiar parece salido de una película de nuestro cine de oro: madre abnegada y trabajadora, padre ausente, que un día se aparece y resulta alcohólico y golpeador, comida miserable: baguetes con café. La voz de un declamador profesional irrumpe en off de vez en cuando para ponernos en contexto diciendo cosas como: “A pesar de todo, Remi se sentía feliz, pasaba largas horas en el campo en compañía de su vaca, y soñaba con ayudar a su madre”. Casi de inmediato nos enteramos, (por culpa del padre, que se la pasa renegando de su pobreza), de que Remi es en realidad un hijo adoptado por esta familia. No obstante la madre, lo quiere como al hijo que nunca pudo tener: “¡dime mamá!”, le dice. “¡Mamá!”, “¡más fuerte!”, “¡MAMAAAÁ!”. Una mañana al padre se le termina el dinero para el alipús, y como si estuviera dando el pie para un corrido de los Tigres del Norte, decide vender al hijo por unas monedas. El comprador es un artista ambulante llamado: el Señor Vitalis, quien además de cargar un arpa, se hace acompañar de un mono capuchino vestido de botones: Corazón Alegre, y de tres perros vestidos de humanos: Dulce, Cerdino y Capi. Una vez cerrada la transacción el señor Vitalis se aleja de la aldea con el pequeño Remi a rastras, el padre va a la tienda por más vino, y la madre llega a la choza cansada de lavar ropa ajena. Cuando ella se entera de lo que ha sucedido sale corriendo por una ladera a buscar a su hijo, grita, llora, pero es demasiado tarde, sólo se escuchan las campanas de la iglesia del pueblo. Remi ha desaparecido y quién sabe qué peligros le esperen. El terror que me embargaba a los ocho años después de haber visto esto, se convertía en una especie de azoro al escuchar la canción con que cerraba la serie, empezaba más o menos así: “tun tun tun tun caminar, tun tun tun tun a correr, tun tun tun tun caminar, juntos por el camino, brinco, salto y corro, feliz por los campos, todo es muy hermoso si lo sabes ver…”. Recuerdo que por un tiempo no soportaba escuchar las campanas de la iglesia. La historia continúa con la compañía ambulante del Señor Vitalis presentándose por varias aldeas. Remi empieza por tocar el pandero y hace piruetas mientras el señor Vitalis toca el arpa, los perros bailan en dos patas y el mono pide dinero a la gente con una tacita. Remi llora por las noches, y recuerda a su madre tendiendo la ropa. Esto sucede en la Europa del siglo antepasado, así que igual que en la época de nuestro cine de oro, la policía no puede hacer nada ante los reclamos de la madre. Sin embargo el señor Vitalis a pesar de ser tratante de personas y explotador de menores, resulta que no es mala gente, ni pederasta, comparte con Remi las ganancias y el baguete. Según recuerdo, siempre comen baguete y envuelven los sobrantes en un pañuelo para luego guardarlo en unas mochilas de cuero. Cuando una función se arruina por alguna razón, digamos un aguacero repentino que dispersa a la gente, la compañía Vitalis regresa al hotelucho donde se hospedan, el señor Vitalis abre la mochila, saca el pedazo de baguete, lo desenvuelve, lo parte, y reparte los pedazos entre todos, incluidos los perros y el mono, porque todos comen baguete. Remi con el paso del tiempo se va acostumbrando a su nuevo oficio y hasta le agarra el gusto (de ahí la canción que canta al final), ahora viste un chalequito negro y usa un sombrero de ala ancha con pluma de pachuco, pero cual si fuera un paisano del otro lado del río, siempre sueña con regresar a la aldea y volver a estar con su madre. Un día el señor Vitalis enferma de tuberculosis, y Remi aprovecha para dar el rol con los perros y llega hasta un barco llamado el Cisne, donde conoce a una señora ricachona que a la postre sabremos es su verdadera madre, pero como en ese punto ni Remi, ni nosotros sabemos eso, la cosa continúa con que regresa Vitalis y decide llevar a Remi a su aldea. Justo entonces una feroz nevada les cierra el paso y los acorrala en un risco. Para empeorar las cosas los acecha una manada de lobos. Dulce, la French Puddle será devorada y Cerdino morirá al intentar defender al grupo, Corazón Alegre morirá después, provocando un trauma indeleble a quince millones de niños. Aplicando el viejo lema de: The show must go on, que en el caso del señor Vitalis se convierte en: “¡siempre adelante Remi!”, la compañía continúa su periplo, pero sintiendo cada vez más cerca su final, el señor Vitalis decide transmitir a Remi todo lo que sabe del negocio. Al estilo Jedi, el señor Vitalis enseña a Remi a perfeccionar su desempeño en el arpa y el canto, pero finalmente también muere, no sin antes explicarle a Remi la ruta para regresar a su aldea. Como Obi Wan Kenobi, Kalimán, o algún priísta legendario, el señor Vitalis todavía aparecerá de vez en cuando para gritar su lema: “¡siempre adelante!”. Para entonces Remi y lo que resta de la compañía deben estar lejísimos porque les lleva varios capítulos regresar a pie, cada vez que a Remi se le doblan las piernas escucha: “¡siempre adelante Remi!”. Durante ese trayecto toma las riendas de la compañía, y con el arpa a cuestas se va presentando en las plazas que quedan de paso. Es entonces cuando conoce a Magia, una especie de Huckleberry Finn, que también viaja de polizón en los trenes. Callejero y sinvergüenza, Magia le enseña a Remy a sobrevivir sin derramar tanta lágrima, lo que nos permitió a todos darnos un respiro. Finalmente ambos regresan a la aldea sólo para encontrar con que la madre ya no está ahí, luego de esto, tengo recuerdos borrosos, por alguna razón no recuerdo el final de la serie. Lo que si tengo presente y de ahí parte la referencia que se menciona al principio, es que a pesar de ser un niño francés, Remi, como muchas otras caricaturas de nuestros tiempos y de hoy en día, era dibujado por japoneses, lo que daba como resultado que cada vez que le ocurría una desgracia, cosa que era bastante frecuente, todos los niños podíamos ver en el televisor un ojo descomunal en el cual se formaba una lágrima indecisa y titilante. Otra cosa que recuerdo es que cada vez que finalizaba un capítulo y antes de que la canción optimista hiciera corto circuito con nuestra angustia, aparecían en el cuadro inferior unos signos parecidos a dos letras C y a una V acostada, nunca he sabido que significan, ni los he vuelto a ver en ninguna caricatura japonesa.

Thursday, October 01, 2009

LA PUERTA MISTERIOSA

El otro día iba yo a comprar una Coca Cola para desayunar, cuando unos metros antes de llegar a la tienda vi una hoja de papel pegada en la puerta de una casa, la hoja tenía un mensaje, sin detenerme pensé en un aviso: “Se venden hielitos de arroz con leche, toque por favor”, o en un recado: “Salimos a Pachuca, en cuanto regresemos paso a pagar los abonos”. Cuando venía de regreso noté que la casa tenía en su fachada un clavo, del cual pendían encendidos tres focos, uno rojo y dos azules. Me detuve a leer el papel y decía lo siguiente: “Los topógrafos que se perdieron en Villa Vieja no eran topógrafos de lo contrario no se hubieran perdido”, y más abajo: “La zapatería cerró por las orgías, tiene 4 años que cerró”. Me terminé los huevos con jamón y seguía pensando en esos pobres topógrafos, me los imaginaba caminando por un terraplén con el sol a plomo y recriminándose mutuamente: “te dije que esos lugareños no eran de confianza”, “¡pero si fuiste tú el que les pidió aventón!” O bien diciendo: “¡yo lo que ya no aguanto es la cruda!”. Después pensé que efectivamente no eran topógrafos ni se habían perdido, entonces los vi en una cantina, estaban felices, contaban dinero y uno le decía al otro: “¿ahora qué pueblo sigue?” La medida me pareció bastante inteligente, porque sinceramente a mí antes me llegaban dos tipos de botas antiderrapantes, con dos rollos de hilo y un tripié y les pagaba por adelantado sin pedir las acreditaciones. Lo que me sí me tenía intrigado era el segundo mensaje, de primera mano parecía un reproche, posiblemente antes eso era una zapatería en bonanza hasta que al dueño se le ocurrió contratar a una dependienta, la cual resultó ser una ninfómana que organizaba reuniones cada vez que el dueño salía. Pero ¿cómo se dieron cuenta que ahí se organizaban orgías? ¿Quién se dio cuenta? ¿El dueño? Supongo que no hubiera cerrado la zapatería sino corrido a la ninfómana, en caso de que fuera religioso, o quizás no era religioso y simplemente lo que le dio coraje es nunca haber sido invitado a las orgías, esto tampoco explica el cierre, entonces ¿quién fue el culpable de cerrar la zapatería? ¿Los vecinos? “¡Nuestra colonia era muy tranquila hasta que abrió esa zapatería, ahora no se puede ni salir a la calle!”, comentarían las señoras en los puestos de fritangas. O quizás tendría que ver con algún policía infiltrado, lo cual ya es ir muy lejos porque en este país los policías infiltrados no cierran negocios turbios sin antes explotarlos el mayor número de años posible, o sea que en este caso el resultado habría sido una nueva cadena de zapaterías clandestinas. Ya entrados en este tipo de suposiciones podría ser también todo lo contrario, es decir, que el dueño fuera un cínico: la zapatería cerró hace cuatro años porque no era negocio y en lugar de eso ahora aquí se hacen orgías. La tesis anterior embonaría mejor con la última parte del mensaje, porque yo nunca he visto en la fachada de un negocio un letrero que diga: ¡cerramos hace cuatro años!, esto sería una información a destiempo y por lo tanto inútil, en cambio si alguien lleva cuatro años organizando orgías debe ser un verdadero profesional. A la hora de la comida decidí ir otra vez a la tienda, me llevé una sorpresa, había nuevos mensajes: “Martha y Lucía vendieron su globo rojo, cuando el sendero es fuerte no se los enseñes”, y más abajo: “Si vas a salir al zócalo el día de Santa Eufrosina, ten cuidado con el pasto”, los foquitos parpadeaban, yo me sentí en el Oráculo de Delfos. Por la noche salí con mi mujer a comer hamburguesas y no resistí las ganas de preguntar acerca de la puerta misteriosa. La señora sonrió y nos contó la historia de un señor un esquizofrénico, “a veces sale a pasear desnudo por la calle, pero no es agresivo”, nos dijo y cambió de tema. ¡Claro!, eso lo explicaba todo. La siguiente vez que vi a la señora de las hamburguesas le pregunté quienes eran Martha y Lucía, y ella respondió: unas niñas que vivían antes por aquí. Ahora lo que necesito es un calendario con santoral, mientras tanto si tengo que pasar por el zócalo procuro no acercarme a las jardineras.